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Al Jefe de Gobierno se le acaba el tiempo

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Por Arturo Páramo / Video: Moisés Corona

Si como se maneja en su entorno su renuncia al cargo para ir en busca de la presidencia de la República sucede en octubre próximo, a Miguel Ángel Mancera le quedan menos de cien días en el cargo al que llegó con una votación histórica de 3 millones de sufragios a su favor.

Desde hace meses arrancó su gira del adiós con las jornadas Tu Ciudad Te requiere, que realiza cada sábado, o cuando su agenda internacional lo permite.

La cercanía de la fecha de su partida ha desatado a los bandos que desde el Gobierno buscan ocupar la oficina de la esquina de Plaza de La Constitución y 20 de Noviembre en calidad de sustitutos, y ha dado el banderazo de salida para aquellos que aspiran a una candidatura en 2018 para obtener la Jefatura de Gobierno en las urnas.

El tiempo se le acaba al Jefe de Gobierno que será recordado por dejar ir una popularidad sin precedentes en la Ciudad, por desechar el halo de contrapeso al poder federal que caracterizaba a la Jefatura de Gobierno, y por buscar a toda costa ser conocido como “independiente” cuando es apoyado abiertamente por un partido político.

No lo merecemos

Dicen sus allegados que la percepción que se tiene de él en el resto del país es mucho más amable que la que tienen los capitalinos.

Afirman casi con vehemencia que quienes viven en la Ciudad y son gobernados por él no valoran sus logros como sí lo hacen en Guerrero o Chihuahua, por ejemplo, estados a los que en las últimas semanas se les donaron patrullas que daban servicio en la ciudad.

Los colaboradores que trabajan con él día a día, codo a codo, aseguran que sólo los cedemequeños no comprendemos el logro nacional de incrementar el salario mínimo unos pesos.

No valoramos su liderazgo al Frente de la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) ni su defensa a los migrantes en los Estados Unidos, o el posicionar a la vanguardia a la capital en materia de medio ambiente en foros internacionales.

Tampoco parece que los chilangos tengamos presente que los programas sociales alcanzaron un nuevo nivel y sea el sistema más robusto, al menos, de América Latina.

O que se hayan inaugurado dos líneas de Metrobús o que se hayan reparado las fallas potencialmente fatales en la Línea 12 del Metro.

Tampoco, dicen, comprendimos que en materia de contaminación, en la Ciudad de México se tomaron acciones más relevantes (catálogo de emisiones, mejores mediciones eliminación de parte a los microbuses, nuevos corredores de autobuses modernos), que las que se tomaron en otras entidades vecinas, o que la reducción de los límites en la verificación vehicular fue decisión del Gobierno Federal y no del Jefe de Gobierno.

A Mancera también le reventó en las manos el tema inmobiliario (incubado desde tiempos de López Obrador), con construcciones pequeñas, medianas o mayúsculas que han trastocado la vida en casi todos los rumbos de la Ciudad.

En esa materia apenas se están tomando medidas legales en el gobierno y a través de la Asamblea Legislativa (código de ética para constructoras, demoliciones de pisos excedidos, disminución de cajones de estacionamiento), pero el daño a la ciudad ya está hecho.

La informalidad alcanzó niveles nunca vistos y la inseguridad es palpable en casos de robo a transeúnte, de autos, en casas, secuestros o en episodios como el abatimiento de “El Ojos”, líder de una banda de narcotráfico en Tláhuac y Chalco.

Claro, dicen los cercanos a Mancera, que los microbuses no pueden ser retirados de un día a otro, los taxis pirata son necesarios, que las inmobiliarias corruptas están fuera del control formal, que la recuperación en la calidad del servicio en el Metro requiere de años de inversiones, etcétera.

Miguel no quiere

Lo que no dicen (no aceptan sus allegados) es que en el juego mediático, en el campo de las comunicaciones sufrieron su peor derrota. Tres titulares de comunicación social hasta el momento no pudieron armarle una estrategia al Jefe de Gobierno para posicionar temas de interés nacional que definieran la agenda nacional, como sí lo hicieron sus antecesores.

Y es que si bien este Gobierno no fue anodino, y sí existen temas de avanzada (atención a grupos vulnerables, al sector infantil, a jóvenes, al sector LGBTTTI), el mandatario capitalino no pudo, no quiso o no supo transmitir sus logros a los chilangos.

Y Mancera falló rotundamente al mantener su cargo y su investidura como contrapeso al poder presidencial. Por definición la Jefatura de Gobierno, es decir, los votantes que eligen a su titular, exige plantar resistencia ante el poder federal en lugar de sentarse con frecuencia al lado del presidente de la República.

Cada que a sus allegados se les preguntaba si en corto le planteaban a Mancera que debía contrastar su discurso contra el federal, de plantar cara a Peña Nieto, de externar públicamente desacuerdos (en seguridad, medio ambiente, presupuesto, etcétera), la respuesta era la misma: “Miguel no quiere”.

En el ocaso de su mandato esa podría ser la frase que defina a su mandato: “Miguel no quiso”.

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