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Alumnos irregulares y otros ‘poderosos’, los Niños Héroes

Alumnos irregulares y otros ‘poderosos’, los Niños Héroes
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Pedro Flores

En la historia de los Niños Héroes de Chapultepec no sólo se refleja el orgullo y el amor por la patria de siete menores, incluyendo a Miguel Miramón, que pasaron a la historia por su valor y heroísmo en la defensa de los colores patrios, sino también antecedentes de influyentismo e irregularidades en su estadía en el Colegio Militar, según se puede desprender del libro “Los siete rayos”, del historiador Antonio Velasco Piña.

El caso de Juan de la Barrera es un ejemplo de lo anterior. Nacido en la Ciudad de México, hijo del general de división y artillero Faustino de la Barrera, fundador de la fábrica de pólvora, y de la señora Dolores Valenzuela, contaba con 12 años cuando en 1842 fue admitido por “recomendación” de sus padres, ya que la edad de admisión era de 14 años.

Juan de la Barrera, en la lucha de 1847 ya como zapador, construyó trampas en la parte sur del Bosque, en donde empezaba el camino a la hacienda de la Condesa y se unían las calzadas Tacubaya y Chapultepec, sitio que por orden del general Monterde, director del Colegio Militar, le asignó a defender y en el que estuvo hasta perder la vida, señala el autor.

Vicente Suárez nació el 3 de abril de 1833 en Puebla. Hijo del ayudante de caballería Miguel Suárez y de la señora María de la Luz Ortega, aunque existe otro dato que señala que es hijo legítimo de José Ignacio Suárez y María Tomasa Vázquez, e ingresó al Colegio Militar cuando tenía 13 años y se distinguió también por ser amante de la poesía.

Un escrito señala que, en febrero de 1847, Vicente Suárez junto con un grupo de cadetes solicitaba 6 pesos para poder subsistir, pero llega al pináculo de su gloria el 13 de septiembre del mismo año, cuando estando de vigía marcó el alto a los invasores y empezó a disparar en su contra matando a varios hasta que se le acabaron las balas. Murió en su puesto en una lucha cuerpo a cuerpo, herido con una bayoneta.

Su muerte en las faldas del Castillo de Chapultepec originó que algunos historiadores se confundieran con Juan Escutia, quien en un ejemplo de heroísmo, al ver que los invasores iban avanzando, para evitar que la bandera cayera en mano de los norteamericanos, se envolvió en ella y cayó junto a su compañero, de ahí que algunas versiones señalaran a Suárez como el que se había lanzado con el lábaro patrio, señala Velasco Piña.

Por cierto que Juan Escutia era originario de Tepic, Nayarit; no existen antecedentes fidedignos de quiénes fueron sus padres, pues no existía en ese momento expediente completo de él, por lo que se consideraba alumno irregular, presentándose algunos días antes de los hechos del 13 de septiembre de 1847 en Chapultepec, admitido como “agregado” mientras podía tramitar su debido ingreso.

Fernando Montes de Oca era el “nerd”, sacaba 10 en todo, era “chintololo” nacido en Azcapotzalco, hijo de José María Montes de Oca y Josefa Rodríguez, ingresado al Colegio Militar el 24 de enero de 1847, alumno de excelencia. Los archivos narran su muerte de la siguiente manera:

“‘Muerto por la Patria’. No acató el exhorto de su director, el general Montelongo para ir a casa, saltó por una ventana que daba al rancho de Anzures, se incorporó a los alumnos que defendían la entrada del bosque desde el jardín botánico, fue cazado por un norteamericano que se había adueñado de una azotea. Su cuerpo quedó tres días abandonado… su madre, que ya era viuda, obtuvo una pensión de 0.80 centavos diarios.”

Huérfano de padre desde muy pequeño, Francisco Márquez fue hijastro del capitán de caballería Francisco Ortiz, quien se casó con su madre Micaela Paniagua; ingresó al Colegio Militar el 4 de enero de 1847, a los 13 años de edad, recibiéndolo esta institución por ser entenado de un capitán del Ejército que se encontraba luchando en Coahuila en contra de los invasores.

A Márquez, que se caracterizó siempre por el valor, como dice el historiador Velasco Piña, le tocó recibir en las rampas de acceso del Castillo de Chapultepec a los invasores que subían apresuradamente; luchó hasta que las balas se acabaron y luego a bayoneta calada. El mayor Raúl Monterde, encargado de rendir el parte correspondiente, lo hizo en estos términos: “En la parte Este del Castillo se encontró el cadáver de cadete Juan Escutia, acribillado a balazos”.

Agustín Melgar representa el honor. Nació de estirpe militar, su abuelo del mismo nombre estando al cuidado de la frontera Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez) un contrabandista le ofreció dinero por dejarlo pasar, y su respuesta fue contundente, lo ahorcó.

Él fue hijo de María de la Luz Sevilla y Esteban Melgar, militar también de quien el autor de los “Los siete rayos” señala que fue mandado matar por Antonio López de Santa Ana por no aceptar sus propuestas. Al término de su primaria murió su madre y quedó a cargo de un comerciante, cuyo nombre no ha sido clarificado, que lo relacionó mucho con los tarahumaras, en donde adquirió gran fortaleza física.

El 4 de noviembre de 1846 ingresa al Colegio Militar, de donde fue dado de baja por no estar presente cuando se requirió la presencia de los cadetes para sofocar la rebelión de los “Polkos”, el 4 de mayo de 1847. Fue readmitido después, pero no como alumno regular sino como “agregado”.

El 13 de septiembre él estaba cuidando el lado norte. Habiéndose quedado solo, luego de la muerte de otros soldados que lo acompañaban, enfrentó al enemigo que bajaba por una escalera al lado norte del Mirador y lo mató de un balazo; siendo perseguido se parapetó en uno de los colchones, pero en esa balacera recibió dos tiros en la pierna derecha y en el brazo izquierdo, así como un impacto de bayoneta en el costado derecho, cuando ya sin parque y herido luchó cuerpo a cuerpo. Quedó inconsciente, pero vivo varias horas hasta que fue rescatado por los servicios médicos, que en una acción desesperada le cortaron una pierna y un brazo para salvar su vida, pero fue inútil.

“Son unos niños”, dijeron los norteamericanos.., sí, pero unos niños que supieron defender al país y cuyos restos fueron puestos en 1952 en urnas de cristal y plata sobre armones de artillería y cubiertos con la bandera nacional, llevados por las calles de la ciudad entre escoltas militares vestidas de gala de todas las escuelas de cadetes de américa, incluyendo West Point, y entre los marciales acordes de las bandas de guerra y música, en un homenaje que terminó en donde todo inició: el Bosque de Chapultepec.

Miguel Miramón, de ‘Niño Héroe’ a traidor

Su destino estaba marcado. Miguel Miramón es recordado por la historia como el general conservador, traidor a la patria, que apoyó al emperador Maximiliano y fue fusilado con él en el Cerro de las Campanas, y no como otros de los Niños Héroes que en 1847 defendieron con valor y arrojo el Castillo de Chapultepec, hasta caer severamente herido y ser rescatado por las tropas norteamericanas.

Miramón nació el 29 de septiembre de 1832 en la Ciudad de México y siguió la carrera de las armas por herencia familiar. En 1847 ingresó al Colegio Militar, siendo uno de los jóvenes que luchó contra los invasores americanos, militar culto que se unió a las filas conservadoras y llegó a ser presidente a los 27 años en 1859.

Él fue el primero en la historia de México en hablar sobre la gesta de Chapultepec y sus actores, pero fue el presidente Benito Juárez el primero en honrarlos y decretar el 13 de septiembre como día de Luto Nacional.

Fue hasta el sexenio de Miguel Alemán cuando la historia de los Niños Héroes adquiere otra dimensión porque en 1947 se conmemoraban los 100 años de la batalla, y como un gesto de amistad entre los pueblos el presidente de EU Harry S. Truman realizaría una vista a México.

Entre los protocolos oficiales, colocaría una ofrenda a los Niños Héroes y se guardaría un minuto de silencio con honores militares. Dice la leyenda que el presidente de EU dijo: “Un siglo de rencores se borra con un minuto de silencio”, frase que disgustó tanto a los cadetes que en la noche retiraron la ofrenda y la llevaron a la Embajada de EU.

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