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CDMX y Guardia Nacional

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Hugo Morales Galván

El discurso de Claudia Sheimbaun en su toma de posesión abrió grandes expectativas en torno a recuperar demandas de la izquierda democrática para gobernar la Ciudad de México, sede de los poderes federales y escaparate de la vida política mexicana. Más aún, contraria a la adulación fácil hacia Andrés Manuel López Obrador, marcó distancia en el sentido de que en la capital del país no operaría la Guardia Nacional.

La Guardia Nacional es un hecho. Serán 50 mil jóvenes capacitados y dirigidos por las Fuerzas Armadas. Se han destinado dos mil 500 millones de pesos de presupuesto para su operación. López Obrador dio a conocer la Convocaria –aun sin la reforma constitucional para su creación–. Sabemos cuánto ganarán y que prestaciones tendrán. Tienen uniforme y aditamentos, chalecos y armamento. Las “consultas” del Poder Legislativo sobre el tema son una simulación para legitimar una decisión política.

La CDMX es el centro de disputa de los grandes cárteles de las drogas y de sus vertientes en grupos locales. Las ejecuciones, extorsiones, secuestros, desmembramientos, son reflejo de ello. Sin embargo y sin que sea consuelo, aún no tiene los niveles de violencia que se viven en otras entidades de la República.

Como en otras entidades, los cuerpos policiales capitalinos tienen altos niveles de descomposición por su colaboración con la delincuencia organizada. Es ahí, donde Sheimbaun puede marcar la diferencia con gobiernos estatales de Morena. Y con una diferencia sustantiva: la Ciudad de México, catapulta aspiraciones presidenciales.

Los grandes debates de la vida política, en cualesquiera de sus medios, ocurren aquí. Que la Guardia Nacional patrulle la capital será un devastador golpe político y anímico para la ciudadanía, para la cual es “normal” observar vehículos militares patrullando en los estados, en esa lógica de que los problemas “están allá”, no en nuestra ciudad.

El patrullaje militar en calles de la CDMX significará la incapacidad de Sheeimbaun para garantizar la seguridad pública de sus gobernados. Será una pesada carga para su futuro político porque el electorado capitalino premia o castiga. Un voto de castigo significará la sepultura de sus aspiraciones.

Puede decirse que lo importante no es el futuro político de tal o cual funcionario, sino el ejercer un buena gestión y en este caso garantizar la seguridad pública capitalina, como un ejemplo de que sí se puede gobernar sin la intervención de los militares. Ésa sería la sana distancia de Sheimbaun con López Obrador, sin que signifique ruptura alguna sino el ejercicio de su independencia intelectual en la forma de gobernar.

Sólo como dato de que el futuro sí importa: primero, ejercer un buen gobierno le implicará mostrar que es ella quien gobierna y no es una simple correa de transmisión, que signifique revivir la figura de la Regencia.

De gobernar el ex Distrito Federal y ahora la CDMX, tenemos a un Presidente de la República (AMLO), a ex aspirantes prsidenciales (Marcelo Ebrard, Miguel Ángel Mancera), a un actual Secretario de Relaciones Exteriores, a un poderoso Subsecretario de Gobernación (Alejandro Encinas), a un Director de Petróleos Mexicanos (Octavio Romero Oropeza, ex Oficial Mayor de AMLO), entre otros.

Si nos constreñimos a las razones por las que la Guardia Nacional –cuerpo militar de jóvenes inexpertos, dirigido por las Fuerzas Armadas–, no deben de intervenir en la CDMX, vale decir que la intervención castrense en tareas de seguridad pública es una de las causas de la crisis nacional de derechos humanos que vive México.

Organizaciones de la sociedad civil, organismos nacionales e internacionales de Derechos Humanos, especialistas, investigadores, analistas, lo advirtieron: los militares están capacitados para tareas de seguridad nacional y para contener y aniquilar al enemigo. En los retenes, si un militar marca el alto y no es obedecido, no persigue, dispara. Si un policía marca el alto, y no es obedecido, persigue y detiene para investigar.

Limpiar los cuerpos policiales, escuchar a la sociedad civil organizada, a analistas, investigadores, a organizaciones de derechos humanos nacionales e internacionales, sí pueden hacer la diferencia de cómo gobernar la CDMX. Sheimbaun tiene la palabra. Su discurso inicial fue esperanzador. Ella debe decidir la ruta.

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