El camino de la extinción del PRD

 

12 de septiembre de 2018

Hugo Morales G.

El aplastante triunfo de Andrés Manuel López Obrador el 1 julio pasado, tiene muchas explicaciones; sin embargo, sus resultados no alcanzan a ser entendidos por la oposición que, como si nada hubiera pasado, prosigue con sus disputas internas en peleas públicas. Uno de los mensajes que el voto envío al PRD, el PAN y el PRI, por señalar los principales, es que la gente está fastidiada de su comportamiento, de su enriquecimiento, de sus mentiras, y de cómo se apropiaron de la democracia electoral, haciendo valer sus intereses.

Antes del primero de julio, una de las mayores sensaciones era la repulsa a los grupos de poder, llámese atlacomulco, videgarayes, nuños, manlios, osorios, ruiz massieu, manceras, serranos, toledos, sin olvidar a los anayas, morenovalles, zavalas, calderonistas o rebeldes. Engrosaron sus bolsillos personales por encima de las necesidades de la gente. Se apropiaron de los procesos democráticos y se cubrieron con una frazada tejida con mentiros y sostenida por alfileres verbales.

En Morena, no es que haya habido una diferencia de personajes. Igual se cuecen los bejaranos, martís, padiernas, marcelos, chigüiles, oropezas, nicos y demás. La mezcla incluyó a quienes desde tiempo atrás se sumaron a López Obrador y los que vieron la oportunidad de subirse al tren del tabasqueño, abandonando el nido que los cobijó y protegió: el PRD.

El 70 u 80% de Morena está montado sobre estructuras y personajes renunciantes del PRD. En el perredismo quedó un esqueleto.

Esto debiera ser suficiente para que el PRD iniciara un proceso de transformación interna para replantear su papel en el escenario político, donde dejó de ser el referente de oposición de izquierda. Para el imaginario colectivo es evidente que ganó la democracia, que ganó la “izquierda”. Siendo así, la pregunta es, ¿y en dónde se ve ubicado el PRD?

¿En una expresión de izquierda, cuando renegó hasta de los colores históricos del partido, y “rosificó” la Ciudad de México, el añorado Distrito Federal, para quitarle todo tinte opositor?

¿En una expresión socialdemócrata, si lo que queda del perredismo está más cercano al priismo por sus prácticas políticas, clientelares e incluso, porriles? Baste recordar la violenta manera en que impidieron a la entonces candidata a Jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, hacer campaña en algunas delegaciones.

¿Cómo un contrapeso político?, ¿con su raquítica representación?

Frente a un escenario adverso, lo que se hubiera esperado del perredismo es un debate público, discusiones internas, pelea de posiciones sobre el futuro que debiera de caminar el partido. Pero, nada. No hay nada de eso. Se enconchan en su pobreza política, y su disputa pública es cómo se distribuyen las sobras políticas, los mendrugos que les dejaron.

Las tribus toman las sobras y a dentelladas pelean por ellas. Sean “héctores” y “adeenes”, “chuchos”. En San Lázaro, una de las corrientes logró colocar como coordinador a un personaje sobre quien pesan sospechas de vínculo con la delincuencia organizada. En el Senado de la República, su coordinador ni siquiera pertenece al partido.

No en balde la corriente de los “Galileos” aventura la hipótesis de que el PRD debiera convocar a su disolución. Pareciera ser la más clara ruta si le antecediera una discusión sobre el tema. No sucederá. Lo que quedó del perredismo ya se apoltronó en sus curules. Desaparecer al PRD no está en sus planes.

Sin el uso de recursos públicos de manera discrecional, ¿qué podemos esperar del PRD? Lo que se viene es el fenómeno que ocurrió en 1997. El clientelismo electoral priista se marchó hacia el naciente gobernante perredismo. Ahora, el clientelismo perredista emigrará hacia Morena.


  • Articulos recientes

  • Impreso