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Fue sin querer queriendo

Fue sin querer queriendo
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Pablo Trejo

Cuando nos encontramos con la frase que sirve como título de nuestra columna de esta semana, inmediatamente nos viene a la memoria ese personaje de la televisión mexicana conocido como “el Chavo del Ocho”. Cada vez que el personaje en comento quería disculparse por algo, ante el regaño de “Don Ramón”, utilizaba ese juego de palabras para esconder sus intenciones de haber hecho algo que sí quería, pero que de alguna manera resultaba incorrecto.

De la misma forma en que lo hacía el chavo del ocho, en los temas de interés público, todo el tiempo nos topamos con el manejo perverso de las palabras, las cuáles son utilizadas a conveniencia de quien rinde cuentas de algo y pretende asociar conceptos positivos a resultados negativos. Durante las crisis económicas de los años ochentas, los economistas desarrollaron el término “crecimiento negativo” para disimular de alguna manera que la economía se encontraba a la baja. Cuando antepones un concepto positivo, parecería disminuir los efectos de la palabra negativa.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, se hizo uso del concepto “víctimas colaterales” para hacer referencia a todos aquellos individuos que habían muerto sin deberla ni temerla en la lucha del Estado frente al crimen organizado. Al hablar de “víctimas colaterales”, parecería esconderse el verdadero hecho de reconocer que se trataba de inocentes caídos en esa cruenta guerra.

Todo esto viene a colación, porque hace unos días, nuestra Secretaria de Energía, Rocío Nahle, utilizó el término “licitación por invitación a cuatro proveedores” al anunciar el esquema de contratación de las empresas que se encargarán de la construcción de las obras de la refinería de Dos Bocas, en el estado de Tabasco.

Analizando las palabras de la Secretaria Nahle, y haciendo una búsqueda de los conceptos que evoca, nos encontramos que según la Ley de Obras Públicas, “una licitación pública es un procedimiento de contratación en que a través de una declaración unilateral de voluntad contenida en una convocatoria pública, el Estado se obliga a celebrar un contrato para la adquisición de un bien o servicio –incluida obra pública-, con aquél interesado que cumpliendo determinados requisitos prefijados en la convocatoria por el ente público de que se trate, ofrezca al Estado las mejores condiciones de contratación. Dicho procedimiento se encuentra abierto a todos aquellos interesados que reúnan los requisitos previstos, de ahí que la licitación pública sea un procedimiento cuya esencia se encuentra en la competencia”

En ese mismo sentido, “una invitación restringida, es un procedimiento administrativo, de excepción a la licitación pública, que permite a las dependencias, unidades administrativas, órganos desconcentrados y entidades, en forma discrecional, realizar un procedimiento para adquirir, arrendar o contratar, invitando a por lo menos tres oferentes a presentar propuestas, estos actos tienen en esencia las mismas formalidades de una licitación pública, a excepción de que no son procedimientos públicos en los que pudiera participar cualquier interesado”.

Por lo tanto nos encontramos ante dos conceptos que en esencia son contradictorios. Una licitación, por esencia es abierta y cualquiera puede participar en ella. Una invitación restringida, en cambio, evoca un concepto de cerrazón, ya que limita la participación abierta y la circunscribe a unos cuantos.

Luego entonces, cuando nos recetan una “licitación por invitación restringida”, lo que se pretende es anteponer el concepto de apertura y transparencia, para esconder la verdadera intención de limitar la competencia y beneficiar con ello, las posibilidades de unos cuantos. En un homenaje Chavo del Ocho, parecería que la Secretaria Nahle nos quisiera decir “fue sin querer queriendo”.

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