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INTERSECCIONES / El testamento de Mueller

INTERSECCIONES / El testamento de Mueller
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Fulvio Vaglio

La versión dramatizada del enfrentamiento entre Stalin y Trotsky se centra en una supuesta reunión del Politburó, apenas unos días después de la muerte de Lenin acaecida el 21 de enero de 1924. Hay dudas de que esa reunión haya tenido lugar en esa fecha, y más sobre el contenido de la discusión; pero quedó en al anecdotario acerca de la sucesión en el poder de la Unión Soviética. La viuda de Lenin, Nina Krupskaya, tenía en su poder el llamado “testamento político” del fallecido líder, lo había mantenido secreto durante un año mientras veía si Lenin se recuperaba o no, y finalmente se lo hizo llegar a los opositores de Stalin para que lo usaran en contra del Secretario General. Trotsky no quiso aprovechar la ocasión y ése fue el principio de su fin.

E tentador leer los acontecimientos actuales en Washington en esa luz. El reporte Mueller como el testamento de Lenin, Nancy Pelosi y los líderes demócratas como Trotsky, Kamenev, Zinoviev y los otros los miembros del Politburó calculando pros y contras de un enfrentamiento directo con el Secretario General; Donald Trump como Stalin, y su organización económico-familiar como la burocracia crecida en su sombra. Y, por raro que parezca, William Barr como Nina Krupskaya: la viuda de Lenin se guardó el documento por un año antes de hacerlo público: el Fiscal General parece intencionado a hacer lo propio y puede que la jugada le salga.

Empezar ya el proceso de impeachment es tan arriesgado como pedir la renuncia inmediata de Stalin a su poder. No empezarlo, y apostarle, en cambio, a una guerra de desgaste con vistas a las elecciones de 2020, es tan peligroso como esperar que el siguiente Congreso del PCUS le diera la espalda al Secretario, cuando toda la información confirmaba que la poderosa maquinaria organizativa montada por Stalin estaba lejos de resquebrajarse.

En juego, ahora en Washington como en Moscú hace noventa y cinco años, dos concepciones de las reglas del hacer político. Separación total de la lucha por el poder de principios ideológicos y teorías económicas: era la posición de Stalin, no declarada pero perseguida con saña y sin vacilaciones desde el fin de la Guerra Civil; ahora es la posición de Trump, conocida desde varios años antes de su candidatura. Lucha por el poder conducida a golpes bajos, bajísimos, pero oculta y al amparo de grandes principios ideológicos y teorías económicas: era la situación de la dirigencia bolchevique huérfana de su principal y más reconocido líder; ahora es la situación de los dirigentes demócratas.

Entre bambalinas, espectadores en espera de ser llamados a escena, los obreros actuales de Michigan, Pennsylvania, del Midwest y de las dos Costas, fragmentados, golpeados, desmembrados, reducidos a la impotencia por cinco décadas de negociaciones en lo oscurito entre centrales sindicales, organizaciones patronales y partidos en el poder (los que fueran); hace un siglo, los obreros metalúrgicos de Moscú, los textiles de Ivánovo-Vozhnezensk, los portuarios de San Petersburgo y los marinos del Báltico, golpeados por el “comunismo de guerra”, reducidos a la impotencia mientras más se les otorgaba el título pomposo de líderes de la revolución proletaria.

Ambos hartos de promesas y decepciones; ambos desconfiados, con toda razón, de las declaraciones grandilocuentes; ambos obligados a apoyar a quien se muestre más decidido a quedarse en el poder. El año pasado, el efímero secretario de prensa de Trump, Anthony Scaramucci, presentó un libro con un título cínicamente increíble: Donald Trump: el Presidente de la Clase Obrera. Los libros encomiásticos a Stalin aparecieron bastante después de 1924, pero el tenor era el mismo. Falsos los dos.

Han pasado dos años y medio desde la noche del 6 de noviembre 2016. Las encuestas publicadas hoy, 11 de mayo, muestran una cara contradictoria: una mayoría de los entrevistados están en favor de medidas eficaces y progresistas en todo el espectro de las propuestas económicas y sociales,  y parecen no ser afectados por las acusaciones conservadoras sobre el peligro socialista representado por Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez, o por la amenaza, constantemente cacareada, de los migrantes ilegales; pero las mismas encuestas muestran que el apoyo a Trump no ha mermado lo suficiente para garantizar su derrota en noviembre 2020.

El “electorado” es una figura estadística abstracta y demasiado general. Los movimientos de las clases son más concretos, pero también son impredecibles y hay que saberlos interpretar. En 2016 los obreros norteamericanos no le dieron a Trump un cheque en blanco: le dijeron: “a ver si, cómo roncas, duermes”. Trump entendió que podía seguir durmiendo, mientras despertara de madrugada tuiteando ronquidos disparatados. Dos años después esos mismos obreros les están diciendo a los demócratas: “¿Y ustedes, sólo ladran o también muerden?”.

En 1924, Stalin les demostró a los obreros soviéticos que él, a diferencia de Trotsky, ladraba y también mordía. Ganó: Trotsky, Kamenev, Zinoviev, Bukharin y un larguísimo etcétera perdieron. Hoy, los demócratas les deben demostrar lo mismo a los norteamericanos. ¿Impeachment o no? No es una decisión fácil. Pero su base tradicional los observa y los juzga, y no está para cuentos.

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