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INTERSECCIONES / Lecciones de historia

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Fulvio Vaglio

¿Qué tanto ha cambiado Francia en los últimos doscientos treinta años? Como viejo historiador (que sabe más por viejo que por historiador), me es imposible no hacerme la pregunta precisamente hoy, viernes 15 de marzo, cuando trato de seguir en vivo las vicisitudes del Gran Debate Nacional convocado por Macron el 10 de diciembre, inaugurado en las redes sociales con bombo y platillo el 15 de enero y cuya primera fase termina hoy.

Sé que la pregunta, así formulada, es bastante mensa: es evidente que ha cambiado mucho. La reformulo: ¿hay algo, en la secuencia de protesta popular – respuesta política – generalización de la protesta, que pueda recordar los acontecimientos de aquel 5 de mayo 1789, cuando se reunieron los Estamentos Generales y, con eso, empezó la revolución francesa?

Había y hay antecedentes más cercanos. La convocatoria de Macron del 10 de diciembre pretendía ser una respuesta a las cuatro (hasta entonces) movilizaciones sabatinas de los “chalecos amarillos”, que no paraban de crecer en participación y determinación, y que acababan de generalizarse a la provincia. Otro antecedente, el de mayo 1968, recorría los pasillos del Eliseo como un fantasma nunca exorcizado del todo (y, como todo buen fenómeno metafísico, nunca entendido a cabalidad).

El gobierno había tratado de tirarle migajas de pan a la plebe hambrienta de croissants: el 3 de diciembre, el primer ministro Édouard Philippe había anunciado que se posponía seis meses el aumento al precio de la gasolina. “Too little, too late”, habría comentado, quizás, algún observador inglés (que ellos también tienen su historial de revoluciones, e inclusive más añejas que la francesa, con todo y decapitación real). Los gilets jaunes no arredraron y dos días después Macron lanzó su idea de la consulta ciudadana (perdón, me equivoqué de país: de gran debate nacional).

Durante el puente Lupe-Reyes alguien no durmió: para el 15 de enero el formato del Grand Débat estaba listo y subido a la plataforma de internet: cuatro áreas principales de discusión (fiscalidad y finanzas, reestructuración administrativa del Estado, transición ecológica, democracia y derechos de ciudadanía), con una distinción clara entre preguntas cerradas y abiertas, y una indicación provisional de los sitios regionales donde se llevaría a cabo la consulta. Ésta se daría por internet, pero las sesiones de discusión serían presenciales, con ciudadanos sorteados para cumplir con el requisito de la representatividad democrática: luego el gobierno tomaría las decisiones oportunas; todo bajo control, respiró aliviado Luis XVI cuando su guardasellos Barentin le presentó el formato de la convocatoria de los Estamentos Generales.

No sé si Macron subestimó la gana de los franceses de hacerse escuchar, o si simplemente pensó que no tenía de otra. El punto es que (después de un arranque dudoso en que los funcionarios no encontraban ciudadanos representativos dispuestos a participar en las sesiones presenciales) la participación de los franceses en el debate en la red. Hoy Le Monde da cuenta del malestar (maldoblestar, diría Miguel Ángel Asturias) del gobierno: ha demostrado que oye, pero, ¿sabrá escuchar? Y, más aún: ¿sabrá responder? Por el momento usa la zanahoria, pero también el bastón: acaba de aprobar medidas de emergencia contra las manifestaciones violentas, granjeándose más movilizaciones en su contra.

Por mientras, los Estados Generales empiezan a mostrar fracturas, pero también puntos de sutura en una radicalización común: el sábado 9 los chalecos amarillos intentaron subir a su tren a las feministas (que habían tenido su batalla campal el día anterior) y fracasaron; ya en el pasado habían tratado de establecer una alianza con los sindicatos y partidos oficiales (la CGT y Force Ouvrière), y tampoco esta iniciativa prosperó. Para mañana hay dos manifestaciones más convocadas en París: la de los ecologistas para el día mundial sobre calentamiento global, y la específicamente francesa en contra del giro autoritario del gobierno; ambas prometen ser más multitudinarias que la de los amarillos; ¿será suma o resta?

En resumen: un monarca posiblemente bien intencionado y deseoso de instaurar un diálogo constructivo con su pueblo. Un pueblo decidido a tomarle la palabra y cada día menos dispuesto a tolerar postergaciones y concesiones en parcialidades. Una capital que no ha dejado de marcar la pauta para la provincia, pese a los malabares fiscales que esto le cueste: cosas que ya existían en aquel 5 de mayo 1789. Y, además, está la Unión Europea, exilio dorado para los reyezuelos fallidos, referencia y pararrayos para la cólera de los insumisos, ejército preocupado por el ejemplo francés que podría cundir al otro lado del río.

Nada más para no dar pie a malentendidos: el apodo a Macron como “le roi” no es invento mío; se lo han endilgado los medios desde su elección. Un chaleco amarillo tiene esta otra ventaja: es altamente visible, se presta para escribir consignas creativas, y terminada la manifestación te lo puedes llevar a tu casa como souvenir. A finales de enero, un manifestante llevaba en su chaleco el diálogo anecdótico entre Luis XVI y el duque de La Rochefoucauld-Liancourt que le informaba de la toma de la Bastilla: “¿Entonces, es una revuelta?” “No, Señor, es una revolución”.

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