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INTERSECCIONES / Leer rápido, contestar lento

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Fulvio Vaglio

Le tomó al Fiscal General William Barr menos de 48 horas (del viernes 22 al domingo 24 de marzo) para leer el reporte de Bob Mueller y condensar sus 400 páginas en una carta al Congreso de cuatro hojas. En cambio, CNN y los demócratas se tardaron una semana para presentar un frente unido y una respuesta eficaz al documento de Barr. Tanta diferencia merece algunas consideraciones.

Barr conocía de antemano, si no todo el reporte (que Mueller entregó el viernes), al menos algunas de las conclusiones; el propio Mueller, un par de semanas antes, le habría adelantado a su jefe su intención de “no exonerar ni acusar” a Trump de obstrucción a la justicia.

Pero Barr tenía una opinión muy clara sobre el caso, mucho antes de ser nombrado fiscal general; para ser precisos, desde el 8 de junio de 2018, cuando escribió al Departamento de Justicia un memorándum no solicitado, en el que desestimó la investigación de Mueller como “sin fundamento”.

Cuando Trump anunció que nombraría al entonces retirado Barr como Fiscal General, el 12 diciembre 2018, Caroline Fredrickson escribió en el New York Times que Barr sería “el Roy Cohn de Trump”: se refería al infame fiscal, asistente de Joe McCarthy en la cacería de brujas de 1951-54 y consejero personal del propio Trump en sus problemillas fiscales y financieros de los años 1970s y 1980s.

Para el viernes 22 de marzo, entonces, ya era noticia vieja que la función de Barr como Fiscal General sería proteger el cuello del Presidente. Sin embargo, los demócratas en la Comisión de Justicia de la cámara, y CNN y NBC, fueron tomado por sorpresa: las primeras reacciones a la carta de Barr fueron que “era un gran día para América” pues “el Presidente no era culpable de colusión con Rusia”. Necesitaron una semana entera (hasta ayer, viernes 29), para volver a plantear que Barr es el diligente perro guardián de Trump y no tiene credibilidad (eso es sustancialmente lo que significa pedir la publicación integral del reporte, incluyendo los anexos).

En política el tiempo es dinero: puedes estirarlo o compactarlo según las perspectivas de ganancias. Trump y Barr lo concentraron entre el viernes 22 y el lunes 25; los demócratas lo estiraron patéticamente en la semana sucesiva por falta de estrategia; y el propio Barr lo estiró a su vez, pero con una estrategia muy clara, ayer, cuando anunció que publicaría una versión “editada” del reporte para mediados de abril. Por mientras, Trump pudo adjudicarse una victoria triunfal, recuperar el apoyo republicano y regresar “recargado” a sus consignas de efecto seguro: el Muro (con la amenaza de cerrar la frontera si México no se disciplina) y el apoyo a Netanyahu (con el reconocimiento de la soberanía israelí sobre las alturas de Golan).

De este lado del Río Bravo, la semana que acaba de pasar también tuvo sus asegunes: AMLO publicó su carta a los Reyes de España, Pérez Reverte le contestó muy rápidamente tachándolo de imbécil y/o sinvergüenza, Vargas Llosa metió su cuchara y se armó la de dios es padre (versión llanera y cristera de la “cámara húngara”, que también vendría al caso – por lo del FIDESZ de Viktor Orbán – pero nos desviaría demasiado del camino).

También en este caso hubo respuestas sospechosamente rápidas pero, además, propias de una guerra sucia más que de una confrontación honesta de ideas. Pérez Reverte acababa de publicar su exabrupto sobre AMLO, cuando La Jornada sacaba a colación las acusaciones de plagio que lo han involucrado: como si la segunda cosa le quitara fuerza argumentativa a la primera: es la misma táctica sucia que los Ministerios Públicos usan para desprestigiar a las víctimas de violación: traía microfalda y es puta, así que no se queje.

La guerra de tuits sobre la declaración de Vargas Llosa también tiene su faceta visceral: Canal 22 – dice uno de los tuits – hubiera debido condenar al silencio al escritor peruano y no celebrar su aniversario. Méritos literarios aparte, le recuerdo al autor del tuit que, en la campaña de 1990, Vargas Llosa rechazó usar argumentos raciales y personales para combatir a su rival Fujimori: quizás lo hizo pensando que, de todas maneras, tenía ganada la elección: pero dio un ejemplo de decencia e integridad política, y terminó perdiendo.

Esta columna tiene las cartas en regla para opinar sobre el caso: el 16 de mayo 2017 (cuando arreciaba la campaña preelectoral anti-lopezobradorista) rechazó públicamente la invitación a establecer una comparación sesgada entre AMLO y Chávez; en cuanto a Vargas Llosa, el 26 marzo 2018 le recordó que no tenía mucho derecho de profetizar sobre el populismo izquierdista de Morena, cuando él mismo se había dejado “chamaquear” por el populismo derechista de Fujimori.

Pérez Reverte y Vargas Llosa, al parecer, han tocado el nervio sensible del patrioterismo, que sí es imbécil y sinvergüenza ya sea de izquierdas o derechas. La respuesta razonable sería preguntarse qué quería conseguir AMLO con su carta, y qué obtuvo: lo que consiguió fue reforzar y unificar la histeria nacionalista y xenófoba de la derecha y la ultraderecha española, a dos meses de las elecciones europeas. De acuerdo, el Presidente de México no tiene por qué preocuparse por eso: pero ¿ha logrado al menos proponerse como un referente para la izquierda latinoamericana?

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