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INTERSECCIONES / Resista, Ilhan, no está sola

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Fulvio Vaglio

Ni modo: en política, cuando te equivocas las críticas te caen encima; y, a veces, ni siquiera necesitas equivocarte: basta con que des la impresión de haberla regado: es un principio de la democracia occidental, y CNN y los demócratas lo usan igual que FOX News y los republicanos. Esta semana le ha tocado a Ilhan Omar (la flamante diputada demócrata por California, una de las dos representantes musulmanas en el Congreso) por su declaración sobre quién, en Estados Unidos, está respaldando económicamente la política de Trump en apoyo de Netanyahu y en contra de los palestinos.

Le habían hecho la pregunta en caliente, y en caliente contestó que el AIPAC (American Israel Public Affairs Committee), uno de los principales grupos de cabildeo pro-israelí en el Congreso. Los medios (todos) se han apresurado a desmentir a Omar: AIPAC, como institución, no subvenciona directamente a políticos (aunque sus miembros individualmente sí lo pueden hacer); AIPAC no es la única institución que cabildea en favor de Israel; y la mayoría de los donativos de AIPAC en las últimas elecciones han ido a candidatos demócratas: por lo tanto, la declaración de Ilhan Omar es antisemita. Lógica que daría para reír, si no estuviera para llorar.

Obviamente, la declaración de la congresista no era antisemita: daba cuenta de una presión pro-israelí añeja y bien documentada, que pretende acallar las voces críticas que se levantan, dentro y fuera de la comunidad hebraica, contra las políticas genocidas de Tel Aviv: hace menos de un año (para ser precisos, el 3 de junio de 2018), el historiador judío Norman Finkelstein denunciaba el ostracismo académico al que está condenado, en Israel y en Estados Unidos, por su valiente lucha de tres décadas contra la mistificación mediática del conflicto palestino-israelí: dimos cuenta de ello en esta columna.

Los radicales de derecha – no último el propio Trump – han pedido que Ilhan Omar renuncie a su escaño o, de perdis, dimita como miembro del comité de asuntos exteriores de la cámara; pero hay más: la bancada demócrata, en lugar de apoyarla, le ha pedido que se disculpara; y peor tantito: Omar se ha disculpado públicamente, no se sabe exactamente de qué, puesto que, en la misma declaración, ha refrendado su preocupación por la influencia que los grupos de cabildeo derechistas tienen en Washington.

La crítica de la derecha no sorprende, pues sólo hacen su tarea. Indigna y preocupa, en cambio, la actitud de los demócratas y de los medios liberales. Preocupados para que no se les caigan de la canasta los huevos de oro de la elección 2020 (que están seguros de ganar), no les parece grave, en el trámite, sacrificar posiciones de poder ya conquistadas, o cerrar ventanas que se habían abierto para dejar entrar aire limpio. Hace un par de semana vimos al binomio Chris Cuomo-Don Lemon de CNN indignarse por la foto dizque racista en un anuario escolar viejo de treinta y cinco años del actual gobernador de Virginia, Ralph Northam (también lo reportamos en esta columna); esta semana vimos al mismo binomio sacudir juiciosamente las cabecitas y los dedos índices hacia la congresista de California, culpable de decir la verdad a costa de enemistarse con uno de los poderes fácticos más fuertes de Estados Unidos.

No es difícil imaginar, en el futuro, que CNN adopte la misma actitud hacia Alexandria Ocasio-Cortez por su propuesta de un “Green New Deal” (a mí, si me preguntan, me parece una propuesta sensata, provocadora y susceptible de movilizar a los millennials). Si los republicanos le meten un cuatro a Ocasio-Cortez como lo hicieron con Ilhan Omar, hasta podrían contar con los demócratas menos jóvenes para cortar, entre los dos, el cordón umbilical que ha empezado a crecer en el vientre del burro, y que ha mantenido hasta ahora vivito y pateando al embrión que vimos latir en el ultrasonido electoral del noviembre pasado: candidatas y electoras mujeres, jóvenes, combativas, modernas, actualizadas, que leen periódicos y revistas (a diferencia de la base dura de Trump, que si acaso aguanta los treinta primeros caracteres de un tuit).

No soy asesor estratégico del partido del elefante por dos buenas razones: primero porque es insufriblemente conservador, y segundo porque no me lo han pedido. Pero, si lo fuera, les diría a los congresistas republicanos: ustedes ocúpense de tener bajo control a Trump y su dedo tuitero, y despreocúpense de los “fake media”; es más, aliéntenlos y aliméntenlos con escándalos artificiales, que para eso ustedes son maestros. Con amigos así, ¿quién necesita enemigos? Créanme: con la mezcla oportuna de indignación moral y confusión ideológica, se van a convertir en sus mejores aliados.

Y, ya que tenemos un pequeño espacio sobrante para la columna de esta semana, hablemos (si me permiten) del discurso sobre el Estado de la Unión. Negar que lo ganó Trump es tapar el sol con un dedo. La coreografía del evento estuvo tan bien preparada, que vimos constantemente a los congresistas demócratas levantarse a aplaudir, sentarse y volver a levantarse según mandaban los hilos movidos por el gran titiritero. Vaya, hasta Nancy Pelosi, que perdió en cinco minutos los bitcoins que había ganado al retar a Trump en las dos semanas anteriores.

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