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La Guardia Nacional

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Jaime Calderón

Cuando Felipe Calderón decidió sacar al ejército a las calles para combatir el narcotráfico, lo hizo con la convicción de que, en ese momento, no había otra cosa por hacer en el corto plazo. Se trataba, así lo argumentó su gobierno, de una situación de emergencia que optaba por el mal menor. Seis años después, ante un aumento muy considerable de la violencia en México, que en mucho explica la derrota del PAN en las elecciones federales, Enrique Peña Nieto prefirió una estrategia de medios con el objetivo de trasladar el tema de la inseguridad a un segundo lugar en la agenda nacional. El resultado de esta política del avestruz fue catastrófico: solo en el año 2018, 31 mil 285 personas fueron asesinadas, cifra récord e inaceptable desde cualquier punto de vista.

En febrero del año pasado, en plena campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador difundió un video en la red social Youtube en el que se comprometía, si era electo Presidente, a regresar al Ejército a los cuarteles en un plazo de seis meses.

En el proyecto original, sin embargo, el Ejecutivo federal faltaba a su palabra, porque la Guardia Nacional en sus términos originales no era otra cosa que el Ejército con otro nombre y un uniforme distinto: su conformación y entrenamiento serían marciales; sus miembros, la mayoría de ellos militares, serían entrenados y dispondrían de una organización y jerarquía castrenses. En pocas palabras, la minuta original implicaba la militarización permanente de la lucha contra el crimen organizado. Y ese era precisamente el problema, pues continuaba, peor aún constitucionalizaba, la confusión entre la seguridad pública y la seguridad nacional.

El Senado ha modificado la minuta para hacerla más presentable. La Guardia Nacional quedará ahora adscrita a la Secretaría de Seguridad Pública, con lo que abandona la idea del mando mixto, y se le encomienda al orden civil. Tal vez lo más importante, indica que se regirá por una doctrina policial, no militar; decisión muy positiva, si no se queda solamente en el papel y las declaraciones. Estas reformas, impulsadas por la oposición y aceptadas en negociaciones políticas contra reloj apuntan en mucho mejor dirección que al principio.

Al inicio de esta semana el diputado Mario Delgado, declaró que planteará a los demás coordinadores parlamentarios la dispensa de trámites a la minuta que envió el Senado, a fin de que se pueda aprobar de forma expedita, probablemente el jueves 28. (Un día después de que ustedes hayan dado lectura a estas líneas).

De igual manera adelantó que se respetarán los términos en los que llegó la minuta del Senado de la República.

En este sentido recordemos que el texto no descarta que quien dirija la Guardia Nacional sea un civil o militar en retiro. Estos últimos no dejan de tener derechos y obligaciones derivadas del marco jurídico castrense, es decir siguen siendo militares. Lo que abre nuevos cuestionamientos.

¿El Presidente optará por un director civil o un militar en retiro? ¿Será la Guardia Nacional un instrumento para lograr la paz y la seguridad en el País? ¿Cabrá la posibilidad de que se
le encarguen tareas de represión? ¿Regresará a los 5 años a los cuarteles? ¿Serán los miembros de la Guardia Nacional inmunes al narcotráfico y la corrupción?

Las respuestas a estas preguntas solo podrán ser respondidas al tiempo. Habrá que estar atentos a las leyes que se deriven de esta Reforma Constitucional. La apuesta es muy arriesgada.

En mi opinión México requiere que sus militares vuelvan a las actividades que les son propias. No es un camino fácil, desde luego, pues hay estados que carecen en realidad de policía. Es un trabajo que puede tomar años, pero que debe empezar sin demora. La ineficacia de los militares en tareas preventivas quedó claramente demostrada en la explosión de Tlahuelilpan, en la que sin eufemismos no supieron qué hacer. No es justo ni idóneo para las Fuerzas Armadas ser expuestas a tareas para las que no se les ha preparado. Construir una policía bien preparada, científica y equipada en forma adecuada es el reto. Si además se atacan las causas endógenas, exógenas y desencadenantes que propician las conductas antisociales, los frutos sin duda llegarán.

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