La intolerancia y la política

 

7 de septiembre de 2018

Por Hugo Morales Galván

Una campaña política de polarización que duró más de 20 años, le permitió al fin a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ganar la Presidencia de la República. Su discurso de blanco y negro, de buenos y malos, permeó muy profundamente y sembró raíces de intolerancia con rasgos de fanatismo.

De más está que hoy, AMLO busque comportarse como un buen pastor y llame a su rebaño a perdonar, a reconciliar, a no tener pleitos y a respetar a la (digo yo), raquítica oposición. Se trata de un discurso hueco y falso de quien se montó en la descalificación y agresión al contrario para ganar adeptos. Y vaya que los ganó en estos años.

Esos fanatizados militantes, su gran mayoría, hicieron caso a la campaña propiciada por los grupos de poder, que le dieron una ayudada definitiva a López Obrador para triunfar. El evento en el Estadio Azteca fue una confesión de parte.

Desafiladas las amenazantes garras, AMLO llegó al primero de julio, ya sin ser el que tomó pozos petroleros en Tabasco (1997, con anuencia del entonces Secretario de Gobernación Esteban Moctezuma, quien desistió de usar la fuera pública tratándose de un delito federal), ni el que amenazaba a la “Mafia del Poder” o el que sin pena alguna ocupó ilegalmente el Paseo de la Reforma.

Convertirse en candidato “ligth” le obligó a matizar, ciertamente, su discurso hacia la “mafia del poder”. Estas expresiones desaparecieron de su discurso, a la par que reforzó sus ataques verbales hacia Ricardo Anaya Cortés, su más serio adversario en la campaña presidencial.

Su polarización empapó a su militancia. Al instalarse el Congreso General, las y los diputados de Morena no tuvieron empacho en asumir el papel del ex “Bronx” priista en San Lázaro. Le cobraron caro al PRI, al PAN, al PVEM y al PRD, criticar a su buen pastor. Insultaron. Interrumpieron. Lo mismo se vio a Horacio Duarte que a la futura secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero (aquella ceremoniosa Ministra de la SCJN, hoy del mismo tamaño que el “Bronx” guinda), levantando el puño y gritando las arengas morenistas.

Como predicadores de la palabra de su pastor, dueños del escenario y sabedores de su mayoría, los senadores y diputados morenistas descubrieron que existe la austeridad. Entonces a rajatabla han decidido cortar por aquí, por allá. No hay un solo dato que, por ejemplo, Mario Delgado o Ricardo Monreal, como senadores, hayan renunciado en su momento a los recursos que ahora les asquean y cuestionan.

Andrés Manuel López Obrador es autor de uno de los mayores milagros de que se tenga memoria: permitir a sus ahora representantes populares quitarse la venda de los ojos; y darse cuenta que las camionetas de lujo, los celulares, la gasolina, los gastos de representación, los ujieres y choferes, pagados con dinero público, son contrarios a los intereses del pueblo.

Si esa es la lógica de comportamiento, la pregunta que es, ¿qué sigue? Ya ganaron, ya vendieron un falso discurso de austeridad. Sus votantes se lo compraron. ¿Seguirán exacerbando a su militancia para pasar de la agresión verbal a la agresión física? Eso parece indicar su comportamiento.

Las redes sociales son claro ejemplo de cómo si no, Morena, alguien interesado, mantiene activos ejércitos de usuarios y millares de cuentas falsas para golpear a la oposición. Durante la campaña electoral, Tatiana Clouthier fue la responsable del manejo de las redes sociales, pareciera que eso no ha cambiado.

La “Tía Tati” no oculta su desagrado por quien cuestiona a AMLO o critica sus cansinos anuncios. Clouthier desahoga su rabia, tanto como la contuvo para expresar su desacuerdo con el nombramiento de Manuel Bartlett (cuyo padre Manuel J. Clouthier sufrió los severos ataques del ex secretario de Gobernación).

¿De que reconciliación estamos hablando? Una en la que palabra de López Obrador sea adoptada como la verdad única, por la oposición y por todos quienes no están de acuerdo con su proyecto político.

Viviremos tiempos de aplanadora, de acomodamiento de medios para reproducir el mensaje presidencial como versiones estenográficas. Será incuestionable la palabra divina de El Señor Presidente: “Señor, señor, llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria” (Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura 1967).

Cobra relevancia que la oposición ejercerza la autocrítica para rencauzar su papel, y ser un contrapeso político. Pero no se le ven ganas. Sigue enroscada en sí misma, y en sus raquíticos espacios de poder.


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