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La pinche transa que cansa

La pinche transa que cansa
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Martín Takagui

El presidente Andrés López Obrador está asumiendo ante sí y ante el país un compromiso que, de incumplir en seis años, podría convertirse en su lápida. Las acusaciones a los ex presidentes, a los ex funcionarios, la denuncia de complicidades con empresarios, los compromisos de “me canso ganso” en materia de corrupción, son expresiones que comprometen más que un documento firmado.

La corrupción en México no es nueva, como no lo es en el mundo, desde mil años antes de Cristo, los egipcios ya tenían leyes contra los corruptos; así, se castigaba a los ciudadanos con 100 varazos, pero si se trataba de jueces, como ahora los denuncia el presidente López Obrador, la pena era capital.

El huachicoleo, los contratos de obras, los aviadores, las contrataciones en empresas trasnacionales de presidentes y funcionarios públicos, todos los actos de corrupción que ha denunciado el jefe del ejecutivo tienen destinatarios claros, algunos han tomado el toro por los cuernos y han respondido, otros prefieren el silencio.

Sin embargo, Andrés Manuel ha tomado el rumbo menos adecuado para combatir a la corrupción, ha mantenido su discurso de opositor, asumiéndose como un presidente diferente, pero también tomando riesgos innecesarios, pues al hacer y decir, como se ha visto, asume, en pleno, la responsabilidad de lo que pase y de las acciones que se emprendan, con buenos o con malos resultados, será el único responsable.

Durante la LXIII Legislatura, el Congreso de la Unión partió de las reformas al artículo 113 constitucional para la creación del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), que gracias al acuerdo  entre los grupos parlamentarios, se logró conjuntar todo un sistema, no simplemente una ley, sino que se crearon las instituciones para que sea el Estado y no simplemente una persona, un fiscal, un legislador o el propio presidente de la República quien combata a ese flagelo, que ubica a México entre las naciones más corruptas del mundo.

Un presidente, una persona no puede ser ni debe ser el único responsable de un reto tan grande y tan importante, debe ser toda la fuerza del Estado la que combata, a través de las instituciones de investigación, fiscalización, persecución y juicios esta que es una de las principales demandas de los mexicanos frente a los políticos, a los servidores públicos, a las burocracias y a las instituciones.

“El pueblo se cansa de tanta pinche transa”, fue la frase que usó el presidente López Obrador para demostrar su voluntad y absoluto rechazo a los actos de corrupción del gobierno, pero además la arenga que ha caracterizado a los opositores, ahora en voz del Presidente de la República, fue la cereza de las acusaciones en contra de los ex presidentes Felipe Calderón y Ernesto Zedillo, quienes aceptaron ocupar cargo de alta dirección en empresas que durante sus respectivas administraciones fueron proveedoras de sus gobiernos.

Hoy, el titular del Ejecutivo, mantiene sobre su persona las decisiones de todo el gobierno; sin embargo, hay temas que serán insostenibles, que deban ser tratados por otros de los funcionarios federales y éste, el de la corrupción, debía ser tratado por la institución que para ello se creó: el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA).

La mesa está puesta para que él, el propio presidente arme, integre, eche a andar el SNA, lo cual le daría en gran medida la paternidad de la institución que no pudo asumir el antecesor, Enrique Peña Nieto, pues la falta de acuerdos en el Congreso de la Unión frenaron la integración humana de las instituciones.

La implementación de este sistema interinstitucional, calificado por muchos como el más completo, el más profesional y el de mayor capacidad de acción en el mundo, no ha podido funcionar porque no se han enviado al Poder Legislativo las propuestas que hoy, los legisladores afines al presidente podrían aprobar sin problema alguno.

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