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INTERSECCIONES / Laborismo y antisemitismo

INTERSECCIONES / Laborismo y antisemitismo
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Fulvio Vaglio

De los ocho parlamentarios británicos que abandonaron la bancada laborista la semana antepasada, siete lo hicieron acusando a Jeremy Corbyn de antisemitismo. Unos días antes le había tocado a la congresista musulmana de California, Ilhan Omar. La coincidencia no es casual e impone unas consideraciones más atentas.

En menos de un mes se cumplirán dieciséis años de la publicación de un libro controversial: “¿Está permitido criticar Israel?”. El autor, Pascal Boniface, es un “geopolitólogo” francés, fundador y director del IRIS (Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas). El libro causó revuelo y fue atacado, en Francia, nada menos que por Dominic Strauss-Kahn, el polémico ex ministro socialista de Economía y Finanzas de cuya trayectoria nos ocupamos en un artículo de hace un año.

En los tres años siguientes, el tema del libro fue objeto de una andanada de estudios críticos por parte del mundo académico judío, tanto en Israel como en Estados Unidos y en Gran Bretaña: el “núcleo duro” de esos estudios era que el estado israelí ha construido una poderosa red de apoyo para minimizar o descalificar las críticas contra su política excluyente hacia los palestinos; el principal argumento de esta red consiste en considerar “antisemita” cualquier crítica a la política del Estado de Israel.

Lo primero que viene a la mente es preguntarse si el movimiento laborista ha hecho lo suficiente para no ser salpicado por estas acusaciones; la respuesta no es tan fácil: aunque la hostilidad de las autoridades británicas hacia la inmigración judía en Palestina se remonta por lo menos a los años que precedieron la segunda guerra mundial (es decir, a los gobiernos conservadores de Baldwin, Chamberlain y Churchill), es un hecho que el gobierno laborista de Clement Attlee tenía el control del mandato sobre Palestina en 1947-48, cuando las fuerzas militares británicas ejecutaban sin miramientos a los miembros de los grupos paramilitares israelíes (Lehi, Irgún y, en medida mucho menor, Haganá) involucrados en acciones terroristas.

Los conservadores regresaron al poder en 1951 y lo mantuvieron por toda la década; en esa década las relaciones entre Occidente e Israel cambiaron profundamente, como lo prueba la alianza de Inglaterra y Francia con Israel en ocasión de la crisis de Suez en octubre-noviembre 1956. La memoria histórica, oportunamente manipulada, cimentó la desconfianza específica de los judíos israelíes en contra de los laboristas, y su alianza con los conservadores.

El paréntesis conservador hubiera podido servir para que el movimiento laborista inglés estrechara contactos con las organizaciones obreras israelíes (que protagonizaron un “verano caliente” en 1962); pero no consta que así haya sido. Tampoco sucedió en 1968-69 (otro ápice de luchas obreras en Israel), cuando el movimiento obrero británico, ya en franca desbandada frente a la reorganización industrial, fue el gran ausente en el ciclo de huelgas que recorrió la Europa continental.

Lo demás es historia reciente y conocida: después de cinco años en gobiernos anodinos, los laboristas cedieron el poder a la dama de hierro, Margaret Thatcher, en 1979, y eso coincidió con la ofensiva anti-obrera más fuerte desde los años cincuenta, en todo el mundo occidental; la crisis del partido laborista continuó inclusive en los diez años (1997-2007) en que volvieron a ser mayoría, misma que desperdiciaron sin lograr cambios al nivel de política social interna, ni internacional; siguieron perdiendo el apoyo de la base juvenil y obrera; como consecuencia, las áreas electorales más densamente representativas de la clase media judía fueron, y siguen siendo, las que menos votos laboristas aportaron.

Todo esto no es suficiente para explicar la regurgitación antisemita de las últimas semanas en Inglaterra: para profanar tumbas de un cementerio judío no se necesita ser simpatizantes del partido laborista; basta con ser un joven desempleado y amargado, en un barrio crecientemente musulmán. Tampoco se puede culpar el partido laborista por no haber tomado medidas preventivas contra la acusación de antisemitismo: sobre este punto específico, los laboristas, desde hace varios años, han intentado proponer una especie de “renovación moral” entre sus cuadros: seminarios de concientización, discusión sobre la definición de antisemitismo, polémica sobre la adopción del documento de Bucarest (2016) de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA).

Todo inútil, mientras el Labour Party no enfrente su verdadera crisis: ha perdido su base obrera y no sabe cómo recuperarla. Peor aún: ya no sabe dónde buscarla porque ha cambiado de barrio, habla otra lengua y tiene a sus novias enfundadas en burkas. Igual que los sindicatos y el partido demócrata en Estados Unidos: bueno, burka aparte.

Las crisis de identidad se pagan caras: el partido de Corbyn está protagonizando un extraño ballet cuya coreografía escapa cualquier lógica política: sólo la semana pasada parecía decidido a apostar por un nuevo referéndum sobre el Brexit, y ayer lo desmintió. Mientras tanto, sus adversarios se regocijan en una nueva retórica: antisemitismo es “on”; defensa de los derechos laborales adquiridos en dos siglos y perdidos en dos décadas, es “out”. Falta menos de un mes para el Brexit: que Dios agarre confesados a Jeremy Corbyn y su partido.

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