Home Investigación De la calle Los pobres seguirán siendo pobres, pero felices

Los pobres seguirán siendo pobres, pero felices

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Por Hugo Morales G.

La democracia es ganar y perder, y no se gana para siempre ni se pierde para siempre. Eso lo tendrá claro quien resultó triunfador de las elecciones presidenciales mexicanas para desterrar sus nubarrones de repetir en el cargo. Ganó y ganó bien. Las reglas del sistema político electoral nuestro son casi las mismas con las cuales dos veces antes perdió la elección presidencial, y de cuyas derrotas montó el trampolín que hoy lo tiene en Los Pinos.

Andrés Manuel López Obrador, es una especie de Vicente Fox reciclado. Se sirvió del voto útil, del hartazgo político y social, del fastidio por un sistema de partidos en los que los partidos políticos se han prostituido pragmáticamente y sin pena alguna, y cuyas gestiones han sido desastrosas a nivel federal o local.

En la década de los 70 se hizo cotidiano el término “rabanitos”, que le era aplicado a los “ultra radicales” partidos comunistas en el mundo, porque eran totalmente rojos en su discurso y pose, pero blancos y dóciles para el sistema del que eran parte –aun con persecución–, y legitimaban con su propia existencia al sistema imperante.

El triunfo que acabamos de observar es el de un rabanito moreno. Nunca fue un peligro para México, tanto que este sistema le ha permitido subsistir a él, a su prole y su equipo, sin que sepamos del origen de los recursos que les ha permitido subsistir.

La mafia del poder de la que tanto se quejó, al final, se sentó a negociar con él y sus voceros y convinieron que, estaba en posiciones de gobernar sin riesgo para sus intereses.

Nutrido de saltimbanquis políticos, de derechas católicas, ultraderechas religiosas, izquierdas residuales “fifí”, sectores sindicales corruptos; caciques regionales beneficiarios del sistema; priistas de todos los niveles, y hasta “miones de agua bendita”, muestra el grado de consistencia política e ideológica de un personaje moldeado a modo por sus ahora aliados en la mafia del poder.

El problema en la coyuntura era: Enrique Peña Nieto se equivocó con el candidato, Ricardo Anaya sí es un peligro para México. Y López Obrador que después de 20 años de campaña, efectivamente, contaba con respaldo social pero no suficiente para ganar.

¿Qué hacer entonces? Diseñar una estrategia que permitiera tomar control de él, haciéndole creer que se aceptaban sus condiciones y tan lo sometieron que cuando quiso salirse del huacal, le dieron coscorrones con el caso del Aeropuerto y su intento de pelea con los hombres de negocios. Lo domaron.

La gente compró el producto y el convencimiento de que tenía que salir a votar para evitar un nuevo “fraude”. De ahí que hayan incrustado en la creencia popular que se avecinaba un nuevo fraude. Si los lápices se borraban, si las boletas no llevaban su nombre, si se preveía compra masiva de votos, si se llenarían boletas antes de la elección.

La propaganda cumplió su papel. Vendió a un tigre de papel y la gente lo compró. Resulta ingenuo suponer que Televisa, TV Azteca y el resto de medios abrieron generosamente sus pantallas y espacios, sólo por un principio de pluralidad y de ética. Lo hicieron en la medida que el personaje se acomodó a sus intereses, y fue más efectivo en garantizar que Ricardo Anaya no ganara, que creer que José Antonio Meade peleaba un segundo lugar. Meade y su PRI perdieron todo, por obra y gracia de Enrique Peña Nieto y su equipo.

El gobierno federal que se avecina será uno de disparos de balas de salva. Tomará algunas medidas para hacer creer a su prole que cumple sus promesas. Será incapaz de lograr la igualdad entre la población, y revertir la inequitativa distribución de la riqueza. Sus pobres seguirán siendo pobres, pero felices. Y los ricos seguirán amasando su riqueza sin pena alguna, y sin sentirse amenazados.

De una mente vieja políticamente, dominante, caudilla, sin contrapesos propios, no podemos esperar otra cosa.

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