Películas y malas conciencias

 

27 de octubre de 2017

Por Fulvio Vaglio

La corresponsabilidad en las guerras y los genocidios, es una herencia difícil de sacudirse, y lo más fácil es ignorarlas; los libros de historia y el mundo del cine son reflejo bastante fiel de ello. La autocrítica dura y cruda duele y es más fácil refugiarse en el victimismo o en la reconstrucción del lado humano de la masacre. El cine europeo (italiano, alemán, español, francés, holandés) lo ha hecho por décadas después de la Segunda Guerra Mundial, con pocas y loables excepciones; lo mismo podríamos decir del cine japonés; cada uno de estos países y ejemplos merecerá más atención en esta columna.

A los norteamericanos, la tarea autocrítica les ha sido, y sigue siéndoles, igualmente difícil: todavía pudieron tratar con humor agrio la segunda guerra mundial (Catch-22) o la guerra de Corea (M.A.S.H.) y nunca se atrevieron a nombrar a Harry S. Truman entre los grandes genocidas del siglo XX; pero la serpiente que calentaban en su seno los picó con Vietnam. Es casi imposible hacer la cuenta de los directores y de las películas sobre los orígenes, las responsabilidades y el manejo político y mediático de aquella guerra: digamos que empezó con Hal Ashby en 1978 (Regreso sin gloria) y parecía haber terminado con John Frankenheimer en 2002 (Camino a la guerra); pasando por directores famosos y a veces grandes (Francis Ford Coppola, Oliver Stone, Stanley Kubrick, Barry Levinson, Brian De Palma, Roger Spottiswoode, Robert Zemeckis). Muchos tonos, misma referencia.

Ahora Ken Burns y Lynn Novick nos amenazan con un documental seriado de 18 horas, The Vietnam War, supuestamente enfocado a mostrarnos el lado humano y objetivo de la masacre. Parece que el recuerdo de Vietnam no se va: será porque, desde el ya lejano diciembre 1941, Estados Unidos no han declarado ninguna guerra, y han participado en todas.

Entre tantos títulos hay que escoger, y elegí JFK de Oliver Stone (1991) y Camino a la Guerra; les he agregado, de pilón, Fahrenheit 9/11 de Michael Moore, que estrictamente hablando no es sobre Vietnam, pero sí sobre las guerras no declaradas de Estados Unidos, y los intereses que las mueven.

JFK empieza con el discurso de despedida a la nación de Eisenhower (17 de enero de 1961); en ese discurso el presidente saliente echaba una alerta sobre el creciente e incontrolado poderío del “complejo industrial-militar”, es decir, de la alianza entre los altísimos mandos militares y las grandes industrias que los provee de armas y equipos. Al parecer, el primer borrador del discurso era aún más fuerte y hablaba de “complejo militar basado en la guerra”; viniendo de un general de cinco estrella y ganador de la segunda guerra mundial en Europa, es claro que sabía de lo que hablaba.

La película de Oliver Stone reconstruye la toma de conciencia del procurador general de News Orleans, Jim Garrison, sobre el encubrimiento del asesinato de John Kennedy, y concluye con su arenga final en el proceso a uno de los sospechosos de haber formado parte de la conspiración para matar el presidente. En esa arenga, Garrison (Kevin Costner) habla claramente de un golpe de estado, fraguado en los altos mandos del ejército, con la connivencia de la CIA (cuyo ex director, Allen Dulles, había sido destituido por Kennedy el año anterior) y del FBI (cuyo poder Kennedy también había empezado a desmembrar a través de su hermano Robert).

Móviles principales: la decisión de Kennedy de no apoyar nuevos planes para invadir Cuba, y la decisión de retirar los asesores militares norteamericanos en Vietnam. Cómplices del complot: todo el vértice de la pirámide del poder, incluyendo el vicepresidente Lyndon Johnson. Encubridores: las agencias de seguridad del estado y la infame Comisión Warren, que compró a ojos cerrado la hipótesis del todo inverosímil del asesino solitario y de una bala mágica responsable de ocho heridas.

Beneficiarios principales del golpe: la industria militar, que tenía todo que ganar de la escalada militar en Vietnam (más aviones y helicópteros abatidos, más pedidos para reponerlos), y los generales y altos funcionarios a cargo de las operaciones.

Momento crucial de la película para la explicación del asunto: la entrevista entre Garrison y un ex general retirado en el cementerio de Arlington (muy a la manera de la entrevista entre Bob Woodward y su informante “Garganta Profunda” en Todos los hombres del Presidente, sólo que en campo abierto y en plena luz del día).

El principio y el final de la película cierran el círculo: el complejo industrial-militar se sale con la suya, pues el acusado es declarado no culpable y los documentos que podrían probar la existencia del complot son convenientemente “clasificados” hacia 2038 (una parte de ellos serán revelados anticipadamente este próximo jueves: a ver qué nos dicen). No son éstos los únicos elementos dramáticos, ni las únicas subtramas de la película: pero son los que nos ayudan a seguir el hilo de nuestro discurso.

En cambio, la película de Frankenheimer no ahonda en el asesinato de Kennedy y elige centrarse en los conflictos de personalidades dentro del “círculo interior” del poder, dos años después, una vez que la guerra en Vietnam ya está encaminada a la escalada de bombardeos, víctimas civiles y requerimientos cada vez más masivos de soldados por parte de los altos mandos militares. Lyndon Johnson no es acusado de complicidad en el golpe que lo subió al poder, sino presentado es su conflicto interior, víctima de circunstancias más grandes que él, manipulado por militares y asesores en conflicto entre ellos y, al final, consciente de que pasará a la historia como un criminal y no como el político bienintencionado de la lucha para los derechos civiles y la eliminación de la pobreza, como había querido ser.

Con el documental de Michael Moore el círculo se extiende en tiempo y espacio. Empieza con el fraude electoral de 2000 que le dio el poder presidencial a George W. Bush con el apoyo de su padre, su hermano Jeb (gobernador de Florida, donde se recontaron los votos decisivos) y de la Corte Suprema: Al Gore, el contrincante derrocado, declaró que “no reconocía, pero aceptaba” el fallo de la Corte. Podríamos decir que, si JFK terminaba con la “normalización” de un golpe de estado, Fahhrenheit 9/11 empieza con un refrendo de ese mismo golpe.

Sólo que esta vez el complejo industrial militar involucra a grandes compañías internacionales, algunas de las cuales basadas en Estados Unidos, y otras en Arabia Saudita; entre estas últimas, las propiedades de la familia Bin Laden, a la que el gobierno de George W. Bush le facilitó el éxodo masivo de sus miembros desde Estados Unidos en las 24 horas sucesivas al atentado de las Torres Gemelas, pese a que eran bien conocidos sus contactos con el jefe de al-Qaeda.

Moore reconstruye el juego inquietante de alianzas entre los intereses económicos de la familia Bin Laden y los de la familia Bush, así como entre los Talibanes y el gobierno norteamericano antes del 11 de septiembre. De este panorama, Iraq emerge como la víctima predestinada (pre-elegida) para un ataque militar que se intentó justificar con base en mentiras, que sólo paulatina y tardíamente se revelaron como tales. George W. Bush emerge como el encargado de cuidar los intereses internacionales de su familia a partir del puesto recién adquirido. Y emerge también una nueva figura de operador económico que se beneficia de la guerra: el contratista encargado de las obras de reconstrucción en las ciudades destruidas y, específicamente, del flujo regular de gas y petróleo en toda la región: Halliburton, para decir un nombre así, a caso.

Moore también reconstruye el clima de terror que las agencias gubernamentales, y los medios, difundieron entre 2001 y 2003, en preparación para la invasión militar de Afganistán, preludio de la de Iraq que era el verdadero objetivo. Entre estos medios encontramos (¡vaya! ¿quién iba a decirlo?) Fox News. Objetivo: crear un clima favorable para que el público norteamericano aceptara limitaciones substanciales a las libertades y garantías individuales, como un precio razonable para liberarse de la amenaza terrorista.

Michael Moore tuvo el atrevimiento de citar, entre los actores de su documental, a George W. Bush (por cierto, Harvey Weinstein fue uno de los productores ejecutivos del documental, junto con su hermano Bob: ¿será que, en la aparentemente bien merecida condena pública de Dirty Harvey, también esté jugándose una vieja rendición de cuenta con una poderosa ex familia presidencial y con Fox Media?). Y entre los coprotagonistas del documental encontramos el Secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, el que minimizó la destrucción del museo de Bagdad como “unas pocas estatuillas” (¡de la más antigua civilización humana conocida!), quince años antes de convertirse en viajero de comercio de su vacuna contra la gripe aviar (realizada, al parecer, a partir de células cancerígenas: el escándalo llegó a Proceso).

Uso político del miedo: miedo al Mal, miedo al Loco, y sobre todo miedo a la crítica. Hasta ahora no hay una película sobre Trump: casi seguramente habrá, pero no se sabe en qué tono: ¿cómico-sarcástico como Good Morning Vietnam de Levinson, o sarcástico-virulento como Fahrenheit 9/11, o serio-sentencioso como JKF, o dolido-intimista como Camino a la guerra? Pero les apuesto lo que quieran, que el protagonista oculto seguirá siendo el complejo industrial-militar.