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LA MANO QUE MECE LA CUNA/ ¿Por qué El Peje no cae?

LA MANO QUE MECE LA CUNA/ ¿Por qué El Peje no cae?
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Adrián Rueda

Desde Carlos Salinas de Gortari no se había visto a un presidente tan dominante y controlador como Andrés Manuel López Obrador, con la diferencia de que el priísta llegó en medio de acusaciones de fraude y el tabasqueño con un amplio apoyo popular.

Quizá porque a Salinas de Gortari le tocó navegar contra la adversidad y en medio de un gran encono social, básicamente por el difícil entorno económico que tenía estancado a México, tenga más mérito lo que hizo al arranque de su gobierno, aunque acabó satanizado.

Con todo y que fue un presidente poderoso, el llamado jefe de La Mafia del Poder no se apoderó de la agenda mediática del país ni se atrevió a desafiar a todo mundo como lo hace hoy López Obrador, que no duda en aplastar a sus enemigos a nombre del “pueblo bueno”.

El de Macuspana se ha dedicado a desmantelar las instituciones, a pelearse con los empresarios y las calificadoras internacionales, llevando al país a la regresión y al punto más alto de la violencia e inseguridad, pero entonces ¿por qué no cae su popularidad?

Cada que emite un mensaje ahonda en la división de la sociedad y es ampliamente criticado por quienes no simpatizan con él, pero a pesar de atacar a las instituciones y de mentir descaradamente sobre sus datos, la mayoría lo sigue apoyando.

Quienes entienden del tema dicen que la explicación es relativamente sencilla, pues es sus mañaneras el presidente no se dirige a sus críticos o detractores, sino a sus fieles seguidores que siguen creyendo en lo que les prometió.

Sus mensajes no van a la mente, sino al corazón y ahí es imposible que pierda seguidores, pues recurre a los sentimientos de las personas, no a su raciocinio. Por eso nadie le cuestiona que quiera hacer una refinería, si es “para no depender del extranjero”.

Tampoco que esté militarizando el país, si es para dar la seguridad que no pudieron sus antecesores, aunque siempre dijo que de ganar la Presidencia de la República regresaría a los soldados a sus cuarteles.

Prometió bajar la gasolina al momento de sentarse en la silla; no sólo no la bajó, sino que ésta ha aumentado en sólo seis meses no sólo centavos, sino pesos.

Canceló el aeropuerto de Texcoco -eso sí lo había prometido-, pero hizo que los mexicanos paguen de su bolsillo los millonarios costos de su cancelación. Sus seguidores dicen que al fin y al cabo ellos ni viajes en avión, por lo que no les interesa.

Alguien debió explicarles que el aeropuerto internacional, más que para que los mexicanos viajen, era para que llegaran más mercancías y turistas, que dejarían una fuerte derrama económica al país.

Que además el financiamiento de la obra se pagaría con el TUA, que es un impuesto que se incluye en los boletos de avión de los turistas, y que al cancelar la obra y liquidar a los inversionistas no habrá esos viajeros y lo pagarán todos los mexicanos de su bolsillo

Seguramente quienes le creyeron eso de que fue por salvar el lago y a los patitos, hoy se van de fin de semana a disfrutar de ese supuesto paradisiaco lugar, por cierto seco y salitroso desde el siglo pasado.

A lo mejor eso es difícil de entender para sus seguidores, que no son muy conocedores de temas económicos, pero lo realmente increíble es que pasen los abusos presidenciales en contra de trabajadores, enfermos, madres golpeadas y niños de estancias infantiles.

En sólo seis meses el país está sin medicinas, sin trabajo, sin inversiones, sin seguridad, sin apoyos a estancias infantiles, a mujeres golpeadas, a la cultura, a los científicos mexicanos y a deportistas de alto rendimiento.

Eso sí, México destinará cien millones de dólares para crear empleos en El Salvador y ya adelantó 30. También firmó convenios con empresas para que empleen a migrantes centroamericanos en territorio nacional, como si abundara el trabajo para los mexicanos.

Engañó a los mexicanos al renunciar a vivir en Los Pinos porque era un lujo oprobioso para el pueblo, pero se mudó a Palacio Nacional, uno de los palacios más hermosos y lujosos del mundo.

Se dobló cobardemente a las primeras de cambio ante Donald Trump, cuando en campaña se cansó de advertir que lo iba a poner en su lugar.

Por supuesto que no está mal que quienes vieron en él una esperanza le hayan entregado su voto, pero de ahí a que lo crean un ser divino -como él se vende- y que le permitan y le perdonen todo, hay una diferencia.

Va a construir una refinería que para cuando se inaugure quizá ya ni petróleo haya. Va a acabar con las selvas de Quintana Roo con su tren maya, que por cierto no será para los pobres, que ni viajan en avión ni lo harán en un tren fifí.

No le gustan las tecnologías limpias y sería bueno que quienes lo apoyan pregunten a sus propios hijos qué piensan de la herencia que recibirán, por aferrarse a las locuras de alguien que contradice a los economistas, aunque no pueda hacer una simple operación aritmética.

Con el pretexto de desterrar la corrupción cancela programas para regarle dinero a los ninis, a fin de que voten por su proyecto aún después de 2024.

Con todo y todo sigue dominando la agenda, sus fieles le disculpan todo. Quienes no simpatizaban por él pero lo apoyaron hartos de la corrupción se niegan a reconocer públicamente que se equivocaron, y los partidos de oposición siguen aturdidos.

Aunque no cuenta ya con el mismo apoyo con el que llegó, su estrategia de dividir al país y de crear enemigos ficticios de los cuales defender al pueblo le ha alcanzado para seguir en el control del país.

Su gran prueba será en 2021, con la revocación de mandato que él mismo propuso, porque igual y a él le alcanza para librarla, pero quién sabe si Claudia Sheinbaum en la Jefatura de Gobierno y sus diputados en los congresos puedan salir airosos.

Envía de mientras, no se prevé que pronto se caiga.

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