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¿Qué clase de izquierda?

¿Qué clase de izquierda?
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Jorge Lara

Preocupa que en el núcleo duro de colaboradores del Presidente López Obrador, en él mismo y en los legisladores de Morena y del PT se expresen manifestaciones correspondientes a quien milita en un tipo de izquierda radical, vindicativa, anti-empresarial, anti-económica e incluso violenta.

La experiencia política del siglo XX demostró el desastre que puede significar para un pueblo el tener gobiernos o regímenes enmarcados en esa escuela extrema de pensamiento. Incluso hoy en día subsisten algunos ejemplos del desastre económico y en materia de derecho humanos que se generan bajo la conducción de líderes de izquierda fundamentalista en las que se fomenta el culto a la personalidad. El ejemplo que desafortunadamente se tiene a la mano es Venezuela.

Por el contrario, en varios países se han experimentado muy favorables experiencias de gobiernos social-demócratas cuando las personas que ostentan el liderazgo político han sido sensatos, de catadura democrática, respetuosos del marco jurídico y de las premisas básicas del funcionamiento del mercado como principal fuerza productora de riqueza. El gobierno de Felipe González en España fue un ejemplo de lo anterior, así como el de Tony Blair en Inglaterra. De una izquierda extremadamente morigerada y subsumida al capitalismo norteamericano, la presidencia de Bill Clinton también se significó por la generación de importantes avances en la economía para su país e incluso con repercusiones favorables para el entorno internacional.

Es sabido que la propia filosofía política de la izquierda, como tal, se encuentra fragmentada en centenares de expresiones y formas, que incluso llegan a ser contradictorias entre sí.

La experiencia en México, en relación a la existencia de gobiernos de izquierda, ha sido igualmente diversa, sobresaliendo el gobierno de Lázaro Cárdenas de 1934 a 1940. El nacionalismo revolucionario de Luis Echeverría y José López Portillo se adscribe a la estirpe izquierdista populista y sus resultados fueron catastróficos para el país, en ambos casos.

El presidente López Obrador y su equipo reniegan abiertamente del neoliberalismo y sus primeros reflejos nos permiten adscribir a varios de ellos a expresiones extremas de la izquierda. Algunos han tenido expresiones de arrogancia inusitadas en un contexto democrático. En muchas ocasiones dejan ver un ánimo de vindicación más que de proposición de un gobierno y una visión de estado. Su discurso es áspero y excluyente, cuando ya estando en el poder se esperaría un ánimo conciliatorio y cohesionador.

La pauta y el tono los ha establecido el propio presidente quien al parecer, no ha dejado su discurso de campaña. Se sigue refiriendo al sector de la población que no votó por él en tercera persona, de manera despectiva y reafirmando animosidades, cuando se supone que el presidente debe hablar en primera persona del plural.

Un gobierno de izquierda no debe significar retrocesos en los temas estructurales ni en los logros que se han consolidado con enormes sacrificios a lo largo de los años. La 4T no puede partir de ceros ni de ignorar el orden constitucional. Quizá sería necesario recordarles que una parte importante de los 30 millones de votos no son voto duro y se produjeron como una respuesta en contra del hartazgo por la corrupción y la ineficacia contra la inseguridad, que este gobierno no ha dado señales de querer o poder resolver.

Lo que sí es un hecho es que lo peor que puede pasarle a México es que las expresiones violentas y radicales de izquierda radical den rienda suelta a sus ánimos, quebrantando el orden social y las premisas básicas de convivencia y armonía. El país es de todos y todos debemos cuidarlo, empezando por el Presidente.

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