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SCREWBALL / ¡Gooya, Universidad!

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Ernesto Osorio

La multitudinaria marcha del pasado miércoles en Ciudad Universitaria, como protesta por el enfrentamiento en la explanada de Rectoría, encendió la alerta de un eventual conflicto que podría escalar a niveles inimaginables, si no se atiende como es debido.

Infinidad de circunstancias y coincidencias políticas que enmarcan este nuevo episodio que afecta a la UNAM hacen que la especulación abunde sobre las causas del conflicto.

En política existe una máxima que reza que “la forma es fondo” y lo que podemos advertir es que el tamaño de la protesta que encabezaron poco más de 30 mil personas la semana pasada resulta desproporcional a un enfrentamiento entre porros y estudiantes. La gresca sólo fue la gota que derramó el vaso.

Los estudiantes despertaron para gritar “¡Ya basta!” y lo hacen con plena conciencia de su hartazgo, con una convicción de querer poner punto final a la impunidad y omisión ofensiva con la que actúan sus autoridades ante las dificultades que enfrentan.

Se dice que el origen del problema inició en el CCH Azcapotzalco, pero la verdad desde mucho antes la Universidad vive en una inestabilidad permanente.

Ahí está el paro del CCH Naucalpan y la ocupación de la Dirección General de este sistema de bachillerato en 2013, que derivó en la toma de Rectoría, y varios enfrentamientos con grupos de anarquistas que terminaron con daños al mural de Siqueiros.

O la incursión de policías judiciales capitalinos en el campus universitario en 2014 para protagonizar una balacera, argumentando que trabajaban en una investigación sobre narcomenudeo, actividad que se refugia en la misma Universidad desde hace décadas y que de manera cíclica revienta en actos de violencia como los suscitados en 2016 y 2017.

En todas estas crisis la autoridad representada en los rectores José Narro y Enrique Graue, en su respectivo momento, se vio rebasada, pero no fue por casualidad.

Recordemos que la Universidad Nacional representa para el Estado un espacio de legitimación indispensable para cualquier gobierno, pues reúne a la comunidad académica más grande del país.

La universidad es un monstruo en términos de su población -350 mil estudiantes y poco más de 40 mil académicos-, y dirigirla es una responsabilidad equivalente a la de un gobernador.

Por ello se requiere que su rector sea, además de académico, un estratega político sensato y capaz; no tan beligerante, pues puede resultar riesgoso, pero tampoco demasiado complaciente, y en eso han fallado los últimos rectores.

Fallaron, sí, porque apenas hace unos días revelaron información de inteligencia que les permitió ubicar con lujo de detalle a cada uno de los grupos porriles que existen desde hace muchos años en la UNAM.

¿Si sabían quiénes eran y dónde estaban, por qué nunca intervinieron?

Por eso el actual movimiento estudiantil que se está configurando debe ser inteligente, para entender que debe aprovechar la coyuntura del cambio y poner fin a una tradición de activismo que ha logrado mejores condiciones para la comunidad, pero que pierde continuidad y lamentablemente termina liquidado por el Estado.

Como activista del movimiento estudiantil de 1986 entendí que el tomar conciencia y mantener la unidad son indispensables para lograr una mejor Universidad, y como periodista en el año 2000 que me tocó presenciar la incursión de la Policía Federal a Ciudad Universitaria, aprendí que los excesos y radicalismos sólo llevan al desgaste y aniquilación de los objetivos.

El momento es el propicio, el periodo de renovación en la Rectoría de la UNAM está a la vuelta de la esquina, y todo parece indicar que con la designación de Juan Ramón de la Fuente como representante de México ante la ONU y la salida de José Narro del escenario político será fácil aniquilar al poderoso grupo de los médicos que se enquistó en la Rectoría por más de 22 años.

Los universitarios deben ser por demás participativos de esta decisión, elegir un cambio real y no sólo un cambio de estafeta que traiga a otro equipo político, más que académico, para que se apodere de la UNAM.

La tentación de intervenir en este proceso será mucha para el Presidente electo Andrés Manuel López Obrador, y para la Jefa de Gobierno electa Claudia Sheinbaum, pues cuentan con un gran respaldo de la comunidad y esto les facilitaría colocar a un incondicional de Morena al frente de Rectoría.

Ya se barajan nombres como por ejemplo John Ackerman, Carlos Agustín Escalante -director de la Facultad de Ingeniería cercano al próximo titular de la SCT Javier Jiménez Espriú-  y el de Rosaura Ruiz, anunciada ya para ser la secretaria de Educación en la CDMX, que si bien no podría contender, su amistad con la Jefa de Gobierno le ayudaría a colocar a una persona de toda su confianza.

Jóvenes, su movimiento apenas comienza, discutan, debatan, analicen. A 50 años de 1968 tienen en sus manos la oportunidad de lograr un verdadero cambio para nuestra Universidad Nacional… Goooya!

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