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Una muerte que no quisieron ver

Una muerte que no quisieron ver
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Alejandra Martínez

Los primeros seis meses de 2018 representaron la crónica de una muerte anunciada: la del PRD en el poder en la Ciudad de México. Fue una etapa de crisis en el gobierno de la ciudad, en la Asamblea Legislativa y en varias demarcaciones, la cual en buena medida explica por qué cambiaron las preferencias del electorado, aunque las cúpulas del perredismo no lo vieron.

En marzo, Miguel Ángel Mancera renunció a su cargo como jefe de gobierno para convertirse en candidato al Senado de la coalición Por México al Frente, de la cual el panista Ricardo Anaya fue el candidato presidencial. Con la salida de Mancera, y tras él la de muchos otros, que también se convirtieron en candidatos, vino una serie de ajustes y cambios en el gabinete y las delegaciones, que al final trajo la ruina del partido en el gobierno.

La salida de Mancera fue el empujón que faltaba para garantizar que el PRD perdiera en la elección, debido al mal estado en que se encontraba la ciudad, pero sobre todo a la falta de atención, retrasos y escándalos para atender a los afectados por el sismo de 2017. Aunque Mancera se había comprometido a no dejar el gobierno sin resolver este asunto, lo hizo ocho meses antes de que terminara el gobierno para el que fue electo; esto relajó el trabajo del gabinete y provocó que el tema dejara de verse como algo prioritario.

Con Mancera fuera del gobierno vino el desorden, el cual creció con la salida del que fue su secretario de Gobierno y operador político: Héctor Serrano, quien tuvo a su cargo la responsabilidad de la elección local con el resultado que todos conocemos.

El común de la opinión pública en los meses previos a la elección fue que nadie veía operando al gobierno. Lo que se esperaba era un cambio en el rostro de la ciudad: tapar baches, tener agua al cien, repartir apoyos y programas sociales a manos llenas y, en cambio, lo que proliferó fue el descontento de la gente. La inseguridad creció, los ambulantes, la mala calidad del transporte, y nadie, absolutamente nadie, pudo o quiso hacer algo.

En las delegaciones los esfuerzos por mantener el poder fueron individuales. A diferencia de lo que pasó en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, o el de Marcelo Ebrard, con Mancera cada quien actuó por la libre. No hubo una estrategia única o un frente común de defensa, sino simplemente el caos en su máxima expresión. Y aun así los perredistas se preguntan qué pasó el 1 de julio.

Los jefes delegacionales de las regiones más grandes dejaron sus encargos para enfocarse en un tema: sus propias campañas proselitistas. En este sentido el más activo y escandaloso fue Mauricio Toledo, de Coyoacán, a quien se acusó de desviar recursos públicos y cometer toda una serie de abusos, lo cual provocó que el triunfo del hoy alcalde, Manuel Negrete, se definiera apenas unas horas antes de su toma de protesta.

Otro asunto que las delegaciones debieron enfrentar solas fue la atención a damnificados del sismo, a quienes, salvo en Iztapalapa, no se les dio ningún apoyo. El cierre por motivos ambientales de la planta de asfalto provocó que la ciudad poco a poco fuera convirtiéndose en un enorme cráter. Para tapar los baches sólo se contó con asfalto en frío, el cual con la lluvia se levantó.

Y para cerrar con broche de oro, la distribución de agua, que este año fue particularmente crítica, tuvo una reducción apenas unas semanas antes de la elección, dejando a miles de personas sin recibir el servicio por la red.

Así, entre jefes delegacionales y funcionarios con poca experiencia, sin capacidad para atender las demandas de la gente, en medio de acusaciones de corrupción, abusos de autoridad y desinterés del gobierno central, fue amasándose el enojo de la ciudadanía.

Muchas voces en la militancia perredista, decían que la ciudad se entregó antes del día de la elección, y en efecto, más allá de otros factores y de las simpatías hacia Morena y sus candidatos, el PRD fue cavando su propia tumba durante años y con pasos pequeños, cada vez que salía un escándalo de corrupción, al imponer el esquema de foto multas, al permitir la corrupción de policías, al dejar delegaciones con millones de habitantes sin agua, al no defender a las mujeres, pero sobre todo al dejar que la inseguridad se instalara como nunca en la capital del país.

Hoy, caminar por las calles significa, aún, esquivar hoyos, encontrar basura, obras inconclusas, montones de ambulantes, banquetas en mal estado, baches, fugas de agua, miles de motociclistas que reparten droga, carteristas, farderos, y toda clase de delincuencia. Para el ciudadano de a pie era evidente que el PRD debía irse del gobierno y, sin embargo, la mayor parte de la dirigencia perredista aún hoy no tiene una respuesta a la debacle que sufrieron el 1 de julio.

En la Ciudad de México la del PRD fue una muerte anunciada cuya crónica vieron muchos, pero los dirigentes de dicho partido ignoraron.

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