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Vértigo, huelgas y salarios: un ojo a China y otro al garabato

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Ni modo: cuando hay pandemia, hay pandemia. A los obreros de fábrica de Shenzhen, China, le tocó una pandemia de vértigo en 2010: de 15 trabajadores de la misma fábrica que se suicidaron sólo ese año, 14 cayeron de un edificio. Era la cumbre de una ola más larga: había empezado en 2009 (un caso documentado) y siguió en 2011 (cinco más).

No me mal entiendan: no estoy buscando trabajo en la nota roja después de haber fracasado como analista político. En realidad, este artículo también es de análisis político, pero no coman ansias y perdónenme si le hago un poco al suspenso, que allí vamos a llegar.

2010 también fue el año de la mayor oleada de huelgas obreras en la China post-revolucionaria. Las fuentes no proporcionan el número total de obreros involucrados, pero la información disponible toca fibras sensibles en los que, bien o mal, hemos vivido, o estudiado, o ambas cosas, el movimiento obrero occidental de los últimos ochenta años. El corazón de las huelgas estuvo en la industria automotriz y electrónica (cada una con siete de los 20 casos reportados; es decir el setenta por ciento en conjunto): automotriz y electrónica; lo de ayer y lo de hoy, la segunda y la cuarta revolución industrial. Dieciséis de veinte huelgas afectaron multinacionales extranjeras: sólo en dos casos se trataba de empresas chinas y, en otros dos casos, de joint-ventures entre China y otros países: lo que ayuda a entender la relativa apertura de las autoridades a la información sobre etas huelgas, por lo menos al comienzo.

La dinámica de las huelgas también tuvo rasgos familiares para el historiador del movimiento: la huelga en una compañía automotriz (Honda) se trasmite a otra (Toyota); la huelga en una planta produce una escasez de autopartes que repercute en la capacidad productiva de otra fábrica de la misma corporación y la obliga a suspender la producción. Y también encontramos en las fábricas chinas, con algo de sorpresa, el ya conocido desprecio de los trabajadores para los acuerdos que su sindicato acaba de firmar: trabajadores de Toyoda Gosei (no confundirlo con Toyota, aunque la primera es una proveedora subsidiaria de la segunda) deciden no regresar al trabajo después de un aumento salarial del 20%, y continúan la huelga hasta conseguir el doble.

Y, como siempre, hay creatividad y modernidad el manejo de la huelga: los huelguistas usan atinadamente las redes sociales para informar, casi en tiempo real, lo que está sucediendo, difundir videos de los enfrentamientos y compartir estrategias y quejas (versión millennial, bastante más eficaz, de los mimeógrafos del mayo francés de 1968 y de la primavera caliente italiana del año siguiente); es más, los huelguistas chinos  tuvieron el cuidado de usar mensajes de texto para evitar los sitios del internet chino (QQ), controlado por el gobierno. Así es cómo las huelgas, inicialmente centradas en las plantas de Honda, se extienden a Toyota y a sus subsidiarios.

La respuesta de las autoridades pasó, de la tolerancia paternalista, a la intervención policial directa: la policía acordonó la planta Honda de Foshan para evitar que los obreros salieran de la fábrica en horas de trabajo; enfrentamientos violentos con millares de obreros se reportaron el 31 de mayo en Honda de Foshan y el 7 de junio en una subsidiaria de Kunshan, estos últimos con un saldo oficial de cincuenta heridos.

Las reivindicaciones en juegos parecen una larga secuencia de cuentas abiertas durante muchos años, que finalmente se van cerrando: de la eliminación de dirigentes sindicales en la nómina de la empresa, a la limitación de horas extra, a la implementación de sistemas de seguridad y pensiones, prometidos y nunca realizados; pero la reivindicación fundamental es el salario: ésa también era una asignatura pendiente desde hacía décadas.

También vienen las consecuencias modernizadoras de las huelgas obreras sobre sus contrapartes: las empresas concedieron aumentos salariales que promediaron entre 30 y 35 por ciento; el director general de Toyota (que, para acabar de hacérnosla fácil, se llama Akio Toyoda) reconoció que un aumento de salario “no es necesariamente malo”, ya que “la experiencia de los últimos cien años demuestra que los propios obreros se transformarán en consumidores de coches”: entre Henry Ford y Gianni Agnelli, estaríamos tentados de decir.

La misma posición parece sostenida por las autoridades locales y centrales: pasado el primer susto, se planteó redoblar los salarios entre 2011 y 2016. Entre los analistas económicos, la oleada de huelgas y aumentos salariales reabrió la polémica sobre lo que técnicamente se llama “el punto de inflexión de Lewis”: cuando el excedente de mano de obra rural se acerca a cero, la escasez de mano de obra en la ciudad hace que los salarios de los trabajadores industriales empiecen a crecer. La pregunta de los economistas es: ¿China ya alcanzó el punto de inflexión? Las opiniones divergen: algunos dicen que sí, que lo alcanzó precisamente entre 2003 y 2010; otros dicen que no, que el punto de inflexión se alcanzará entre 2020 y 2025. 2020 ya está en puertas y habrá que ver cómo se reorganizará la maquinaria económica china, con sus consecuencias en términos de política social y redistribución internacional. De todas maneras, la experiencia acumulada en las huelgas de 2010 será difícil de borrar, pese al intento de las autoridades de limitar el acceso a la información y reescribir la historia a su manera.

Con esos acontecimientos y estas reflexiones en la mira, podemos regresar a nuestra aparente nota roja. Los suicidios industriales de Shenzhen, dicen los sociólogos, fueron atípicos: habitualmente deciden quitarse la vida los trabajadores viejos, con más de 45-50 años, por enfermos, por desplazados, por deprimidos. Los trabajadores que “cayeron de los edificios” en 2010 tenían entre 17 y 25 años: diez eran hombres y cuatro, mujeres: por cierto, la única que sobrevivió al intento fue precisamente una jovencita de 17 años, que quedó parapléjica. Por lo menos en un caso (acaecido un año antes, el 26 de julio de 2009) se sabe que, antes de tirarse de su edificio de departamentos, el futuro suicida había sido visitado y golpeado por matones de la empresa, que buscaban un iPhone perdido: material para un thriller policiaco.

La “pandemia” de 2010 provocó investigaciones oficiales, que destacaron condiciones inhumanas de trabajo, horarios de 60 horas semanales, clima “militarizado” en la empresa, desprecio hacia los trabajadores locales en favor de los extranjeros. Al final, la empresa donde se dieron los suicidios ofreció un aumento salarial del 30 por ciento para calmar las aguas: Vista fríamente, la amenaza de suicidio funcionó como un arma de presión alternativa a la huelga.

Ustedes tienen todo el derecho de preguntarse por qué esta columna, que en general habla de Europa y/o de Trump, se ha metido con el continente desconocido de la clase obrera china. La empresa donde se dieron los suicidios es una multinacional taiwanesa cuyo nombre oficial es Hon Hai Precision Industry Co. y produce partes electrónicas para Apple, HP, Amazon, Dell, Motorola y quién más. Pero es mejor conocida en occidente como Foxconn.

Sí, la misma que el 26 de julio ha anunciado que invertirá 10 mil millones de dólares en una planta productora de pantallas LCD en Wisconsin. Muchos hemos visto por televisión a Donald Trump cacareando ese huevo; Reince Priebus (el mismo del que, cuatro días después, Scaramucci pidió y obtuvo la cabeza) agregó una anécdota bastante servil (al estilo de la mejor hagiografía maoísta por parte de Lin Piao, si se acuerdan de esos años embarazosos) sobre su jefe que, sobrevolando el estado, avistó una planta en desuso de Chrysler y tuvo la iluminación que ése sería el lugar ideal para que su amigo Terry Gou (CEO de Foxconn) construyera allí su nueva fábrica; con su consabida inmodestia, Trump declaró que, si él no hubiera sido elegido, el buen Terry Gou no habría ni considerado invertir los 10MMD).

Claro que este negocio, como todos, tiene sus lados oscuros: Wisconsin le dará a Foxconn incentivos fiscales y de otros tipos por de 3 mil millones de dólares. Foxconn promete la creación de 3,000 nuevos puestos de trabajo para 2020, con la posibilidad de expandirlos a 13,000 para 2026. Cifras importantes al nivel local, sin duda, pero insignificantes al nivel general, sobre todo considerando que la fuerza laboral norteamericana ocupada en la industria ha bajado del 22 al 8 por ciento en los últimos cincuenta años (y a eso iban las promesas electorales de Trump a los trabajadores). Varios analistas ya han señalado que Foxconn tiene un historial de prometer mucho y cumplir poco; en el momento en que escribo estas líneas, el Congreso local está tratando de anclar los incentivos fiscales al mantenimiento de las promesas de Foxconn a largo plazo. Es cierto que los republicanos tienen una fuerte mayoría en el congreso local de Wisconsin, lo que, en teoría hace que la aprobación del paquete fiscal sea fácil y lisa: pero son tiempos inciertos y sólo hace dos días los republicanos han marcado sus distancias ideológicas con respecto a Trump, más que nunca desde la convención del año pasado en Cleveland: nosotros somos conservadores con principios, han declarado, mientras que Trump es un populista pragmático (afirmación que merecerá un análisis más detallado, quizás la próxima semana).

Pero lo más importante parece ser qué tipo de organización administrativa adoptará Foxconn en Estados Unidos. Es muy difícil que la clase obrera norteamericana esté dispuesta a trabajar horas extra sin paga extra, y seguramente el suicidio colectivo no está en su tradición histórica. Pero para 2020, cuando la nueva planta de Foxconn entre en operación, estaremos en espera de si Trump obtiene o no otro mandado. Depende de cuántos huevos tenga en ese momento para cacarear.

Por el momento, seguiremos con la mezcla de militarización y ciberfiltraciones en la Casa Blanca, y rallies patrioteros televisados (es decir, magnificados), desde pequeñas ciudades de estados pequeños: ¿la cuarta y la segunda revolución político administrativa, juntas? Algo como lo que pasó en China en 2010.

* Semiólogo, analista político, historiador y escritor.

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