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Ya son abuelos los niños de la calle

Ya son abuelos los niños de la calle
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En la selva de asfalto, la gente que vive en la calle sufre la regresión en el tiempo, pues su condición física, su apariencia, sus adicciones y su aspecto físico margina, arrincona y discrimina a este grupo social del que no se sabe mucho, ni siquiera cuántos son exactamente.

La vida en la calle es otro mundo, donde la tecnología, la educación en escuelas, un techo que los proteja y una familia no existen, el aprendizaje es empírico, el desarrollo personal es precario y la subsistencia se coinvierte en una forma de vida cotidiana.

Los niños, hombres y abuelos de la calle, conviven y se desarrollan como en las comunidades ancestrales y prehistóricas, duermen cuando tienen sueño, comen cuando tienen hambre, tienen actividad sexual cuando se presenta la oportunidad y la empatía, y si no, simplemente cuando sienten la necesidad de masturbarse.

DESDE HACE TRES DÉCADAS SE INCREMENTÓ LA POBLACIÓN CALLEJERA POR LA DESINTEGRACIÓN Y LA VIOLENCIA FAMILIAR.

A finales de la década de los 80, en México, después de las recurrentes crisis económicas y con los avances culturales de las familias, muchas amas de casa tuvieron que salir de sus casas a buscar ingresos económicos que les permitieran aportar al gasto familiar, dejando en el abandono a los hijos.

La desintegración familiar fue una de las constantes que, combinada con las condiciones sociales, el crecimiento en el uso de las drogas, entre otras adicciones, llevaron a la expulsión de personas de sus hogares, cada vez a más temprana edad. La calle es una opción y un espacio de vida para algunas poblaciones.

“Quienes algún día fueron niños de la calle han alargado su permanencia en ella y hoy tenemos la tercera generación que ha nacido en ese medio y no conocieron un hogar”, asegura Pedro Hernández, académico de la Escuela Nacional de Trabajo Social de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Señala que el abuso de alcohol y drogas en casa, así como la carencia de relaciones positivas y de un proyecto de vida entre los integrantes de la familia, suelen ser condiciones que expulsan a los pequeños a las calles. Aunque siempre ha existido este fenómeno, en la década de los 90 surgió un boom de la visibilización de la población callejera; los infantes comenzaron a ocupar más la calle y el fenómeno social de los desamparados se hizo más notorio. Sin embargo, “hoy ya los consideramos parte del paisaje urbano, es decir, se han vuelto a invisibilizar”, asegura el investigador. Y es que siempre ha existido población callejera, a quienes se les conocía como pordioseros, indigentes o teporochos, envueltos en las adicciones, en las enfermedades mentales o víctimas de la violencia intrafamiliar, pero no fue sino hasta principios de los años 90 cuando el fenómeno se hizo visible.

Llamó la atención de las autoridades y de las organizaciones sociales el hecho de ver a menores de edad viviendo en alcantarillas, en las estaciones del Sistema de Transporte Colectivo Metro, en los alrededores de las centrales camioneras y hasta en los camellones de grandes avenidas.

ROGER MAGAZINE NEMHAUSER, DOCTOR EN ANTROPOLOGÍA SOCIAL Y MIEMBRO DEL SISTEMA NACIONAL DE INVESTIGADORES, SEÑALA QUE LA VIDA SOCIAL DE LAS PERSONAS CONOCIDAS COMO NIÑOS DE LA CALLE SE ENCUENTRA MUCHO MÁS DETERMINADA POR LOS PATRONES CULTURALES Y SOCIALES DE SUS LUGARES DE ORIGEN QUE POR SU FALTA DE RELACIONES FAMILIARES.

Así, ya en la calle, los niños que hace 30 años salieron de su casa, de su hogar empujados por la violencia intrafamiliar, las adicciones de los padres y, en general, por la desintegración, se han convertido en padres jóvenes y hoy, en muchos casos son abuelos y crían a sus nietos en la calle.

Se estima que desde los 14 o 15 años los primeros niños de la calle visibles en la Ciudad de México pudieron haber procreado a sus primeros hijos, esto ocurriría ya a principios del presente siglo, para los años dos mil o 2003, pues algunos de esos primeros niños de la calle salieron de sus casas a los seis o siete años desde 1987.

Hoy, esos niños que nacieron en entre el año 2000 y 2005, en las calles, en una alcantarilla o en un camellón, ya tienen entre 15 y 20 años de edad, mismos que, por su condición o su situación de calle, por las razones antes descritas, ya tienen que cuidar de sus hijos que, al igual que ellos, nacieron fuera de un hogar en las condiciones más precarias que pudiera imaginarse. Aunque en la Ciudad de México se han hecho esfuerzos por atender a la población callejera, éstos han resultado aislados, pues a algunos de ellos se les considera criminales, se les acusa de adictos; sin emabrgo, para esta población cuyos números son inciertos, es su forma de vida.

Piden dinero en los cruceros, limpian parabrisas de los carros en las cercanías de sus campamentos, llegan a robar cuando no consiguen lo suficiente para comer o para drogarse y lo que a la población en general molesta, es su aspecto amenazante. A principios del año pasado, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal emitió una recomendación dirigida a la Secretaría de Desarrollo Social de la capital mexicana, con número 15/2018 con motivo del retiro forzoso y la criminalización de las poblaciones callejeras, esa dependencia del gobierno capitalino la rechazó, pues argumentó que se trataba de una investigación antigua.

El principal problema es que la población de la calle muchas veces se niega a recibir otra clase de apoyo que no sea la alimentación y, en ocasiones, un lugar para dormir, sobre todo en las épocas de frío; sin embargo, hasta hoy, no existe una política gubernamental que atienda con claridad y con eficacia a esta población.

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