2019

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Jaime Calderón

Un Año Nuevo en la mayoría de los casos  es motivo de alegría y esperanza, o al menos  de esta última.

Los mexicanos, aún en nuestros peores momentos, golpeados por desastres naturales y otros problemas, aprovechamos la celebración de la  nochevieja e inicio  de año para renovar ilusión y energía. Los ritos en la última noche del año varían de lugar en lugar. En México, por ejemplo, la costumbre de vestir ropa de color rojo o amarillo es extendida, según se desee atraer el amor o el dinero, asimismo abundan amuletos y ritos que supuestamente atraerán la fortuna en el año que comienza.

En España, la tradición más arraigada es sin duda la de las doce uvas, cuya ausencia en la mesa provoca verdaderos estados de ansiedad, pues si no se consumen antes de las doce de la noche condenan irreversiblemente a un año de mala suerte. En Perú se fabrican muñecos, preferentemente con prendas del año que termina, que son quemados con fuegos pirotécnicos.

¿El año nuevo occidental es una designación caprichosa? ¿De dónde surge el calendario como lo conocemos actualmente? Nuestra forma de contabilizar el tiempo es de origen romano. Este calendario, creado durante el reinado de Rómulo, comenzaba en marzo y comprendía solo diez meses lunares, es decir, 304 días. El invierno no se contabilizaba, interludio entre ambos ciclos, era un tiempo muerto dedicado a la purificación, por la ausencia de agricultura y actividad castrense.

En la Antigua Roma, sin embargo, los cónsules asumían el gobierno en el mes de enero. Julio César, tomando en cuenta esta circunstancia, creó el año juliano, que iniciaba el primero de enero, dedicando ese día a Jano, el dios de los portales, de los inicios, de los finales, pues en su representación una de sus caras miraba adelante y la otra miraba atrás. Por eso, por Jano, enero en inglés se denomina Januaryy en francés Janvier. El calendario juliano fue un calendario solar, derivado del egipcio, y contaba con 365.25 días.Finalmente, con algunas modificaciones, por imperio de la bula Inter Gravissimasdel papa Gregorio XIII, fue sustituido por el calendario gregoriano que usamos actualmente.

El primero de enero es una fecha universal por la impronta de la cultura occidental, incluso en países con calendarios diferentes como China.

Grandes celebraciones se realizan en todas partes del mundo, porque en cualquier caso simboliza un nuevo comienzo. Este nuevo comienzo debe usarse para ser mejores, para procurar el bien y evitar el mal. A veces pensamos que el mal se comete solo con una mala intención. En la historia de la filosofía se ha discutido mucho sobre el tema. Sócrates afirmaba que no había hombres malos sino ignorantes, y que la sabiduría moral está dentro de nosotros mismos, susceptible de exteriorizarse a través del método de la mayéutica o de las preguntas dirigidas. Platón identificaba el mal con las cosas o la materia, la cárcel del cuerpo frente a la pureza de las ideas. Para San Agustín el mal moral residía en el pecado, no otra cosa que la separación de Dios.

Una de las perspectivas clásicas sobre el mal es la de Immanuel Kant, relacionada con la concepción del mal radical. La ética del filósofo de Königsberges apriorística, pues considera que la única manera de percibir el deber moral sin contaminación externa es por medio de la razón pura. En el pensamiento de Kant el deber moral reúne dos requisitos: la regla práctica, la estructura de fines y medios, y el móvil, el propósito de cumplir el deber sin segundas intenciones encubiertas. Una conducta que no observe ambos extremos puede, casualmente, coincidir con el bien, pero nunca será moral. Tanto el bien como el mal, en consecuencia, deben ser perseguidos para que tengan relevancia en el terreno de la ética.

Una perspectiva diferente es la de la filósofa alemana Hannah Arendt, quien sostuvo que el mal, aun el más atroz, se comete muchas veces por trivialidad. En su libro Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, derivado del juicio al militar encargado directamente de la solución final contra el pueblo judío, concluye que no se apreciaban en Eichmann rasgos psicópatas, odio o arrepentimiento; en palabras de Arendt, que “todo el mundo podía ver que este hombre no era un monstruo, pero era realmente difícil no sospechar que fuera un payaso”. El teniente coronel era en realidad un burócrata obediente, en busca de ascensos y de agradar a sus superiores, que cumplía la ley sin cuestionarse sobre su bondad o maldad; era simplemente un ser banal.

El mal, concluye la autora de Los orígenes del totalitarismo, viene de la deshumanización de las personas. Cualquiera puede cometer las peores conductas si se aleja de la razón y se transforma en una pieza más de un engranaje que le impide criticar y cuestionar. Este inicio  de año puede ser un buen momento para dedicar un espacio para la búsqueda de nuestro yo interior, que es al mismo tiempo nuestra parte más razonable y más humana. Este es el camino más efectivo y edificante de convertirnos en mejores personas. Lo necesitamos cada uno, las  familias y por supuesto   nuestro México.  ¡Felicidades!.

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