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Beppe, Jeremy y la crisis

Beppe, Jeremy y la crisis
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Fulvio Vaglio

A más tardar el próximo miércoles 27 de febrero, Theresa May deberá conseguir el apoyo del Parlamento para su propuesta de salida negociada de la Unión Europea. La moneda está en el aire, pero el clima pre-bélico ya está causando sus primeros estragos en los dos partidos mayores: hasta hoy sábado, cuando escribo estas líneas, ocho diputados laboristas y tres conservadores han abandonado sus respectivas bancadas para formar un bloque independiente (uno más, el laborista Ian Austin, ha dejado la bancada pero sin adherirse al nuevo bloque, al menos por el momento).

Si leemos su renuncia en el contexto de las críticas que el sector económico y financiero le está haciendo al Brexit (ya se refieren a la huida precipitosa de empresas de Gran Bretaña como el “Brexodus”), es imposible no considerarlo un “sálvese quien pueda” ante la catástrofe inminente: ratones y barcos, como quien diga.

Los tránsfugas laboristas pueden esgrimir justificaciones distintas, pero todos han atacado a su líder Jeremy Corbin desde dos ángulos: primero por haber pactado con Theresa May en lugar darle el tiro de gracia; segundo, por no deslindarse suficientemente de supuestas posiciones antisemitas dentro del propio partido. Corbin – concluyen – no tiene talante para dirigir el partido, y menos si se encontrara en condición de gobierno.

La coexistencia de críticas tan ideológicamente distintas, casi opuestas entre sí, sólo puede entenderse como un reacomodo de posiciones en vista de lo que pueda suceder; la postergación del Brexit, o un nuevo referéndum, o nuevas elecciones anticipadas. Como quien escudriña en la proverbial niebla londinense para divisar dónde puede estar un barco menos maltrecho.

Otro barco que ya tiene agujeros debajo de la línea de flotación: el gobierno italiano, o, mejor dicho, la coalición Cinque Stelle-Lega. Todo había empezado en agosto 2018, con el caso del buque “Diciotti” con 177 inmigrantes bordo. El Ministro de Transportes, Danilo Toninelli, había tuiteado la posición dizque oficial del gobierno; el barco puede atracar en el puerto de Catania (faltaba más: es un buque de la Marina italiana y puede echar ancla donde se le pegue la regalada gana); pero dos horas después Salvini agregó su interpretación personal: el “Diciotti” puede atracar, pero sus pasajeros no pueden desembarcar. Ay chirrión: ¿entonces, para qué los trajiste?

La fiscalía general denunció a Salvini por secuestro de personas y señaló a Toninelli, Di Maio (vice primer ministro) y Conte (primer ministro) como cómplices. Los trámites legales, se sabe, pueden ser largos y engorroso (y más cuando el caso es una papa caliente que nadie quiere tomar en sus manos); pero finalmente, el 24 de enero, el cartapacio estaba listo: Salvini, si declarado culpable, podría enfrentar una pena de tres a quince años de cárcel. No que nadie se lo esperara de veras: hay intocables, gracias a Dios.

Pero el gobierno consideró que el proceso sentaría un precedente peligroso: alguien tenía que intervenir para evitarlo y ese “alguien” fue el propio Luigi Di Maio, de Cinco Estrellas.

Montó una “consulta popular” vía internet (cualquier referencia a las consultas de AMLO no es casual, sino dictada por las circunstancias); la presentó como un ejemplo luminoso de democracia directa en la posmodernidad; la “blindó” electrónicamente contra posibles malos usos; envolvió la pregunta en un “burocratense” que la volviera intrínsecamente ambigua (para decir “sí, quiero que Salvini sea enjuiciado” había de responder “no”, y viceversa); los más viejos recordamos que de esta misma manera tramposa los conservadores católicos habían formulado el referéndum sobre el divorcio en 1974 (y no les había servido para nada).

Satisfechos de su creación como el doctor Frankenstein con su monstruo (finalmente, acababan de cumplirse doscientos años de la novela de Mary Shelley), los Cinco Estrellas  la montaron en una base con el pomposo nombre de “plataforma Rousseau” (¿quieren modernidad? Allí la tienen). Y ¿qué creen? La plataforma se retrasó una hora para activarse y dejó de funcionar a los pocos minutos de ser activada. Como que “se cayó el sistema”, o se llenó de agujeros informáticos: los periodistas de La Repubblica, que quisieron comprobar el funcionamiento de la plataforma, confesaron, al día después, no saber si su voto había sido computado y guardado, o se había perdido en algún recoveco de la internet. Bartlett lo hizo mejor en 1988, y sin red.

Sea como fuere, el voto contó. La vox populi había hablado y Salvini (y el gobierno) se había salvado. A uno centenares de metros de distancia, en el teatro Brancaccio, Beppe Grillo representaba su standup “Insomnia”, pegándole parejo a todos los líderes viejos y nuevos, excepto, casualmente, Salvini; recordemos que Beppe Grillo fue uno de los animadores y fundadores de 5 Estrellas hace diez años, y que, todavía hoy, ostenta el título semioficial de “Garante” del movimiento frente a la base: ¿un Muñoz Ledo italiano, quizás?

Activistas decepcionados de 5 Estrellas se manifestaron fuera del teatro, por haber traicionado el otrora portavoz de indignados e insumisos, y por haberse vendido a los burócratas en busca de posiciones de poder. Por el momento, Beppe Grillo parece haberse acomodado en su butaca de viejo comediante cansado, esperando que el tsunami pase. Igual que Jeremy Corbin en Westminster. ¿Pasará?

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