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CRÓNICAS DE LA CIUDAD / Carta brava, el hombre de papel y la fantasma de correo (3 de 3)

CRÓNICAS DE LA CIUDAD / Carta brava, el hombre de papel y la fantasma de correo (3 de 3)
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Pedro Flores

El mundo de la farándula tuvo mucho su origen en Santa María la Redonda, además de Mario Moreno “Cantinflas”, hubo otros personales que se dieron a conocer en el viejo teatro Follies Berguere, uno de ellos fue el Conjunto Tropical Santanera, nombre que no les gustó a los empresarios Paco Malgesto y Jesús Martínez “Palillo”, por eso en la marquesina simplemente apareció La Sonora Santanera.

Muchos fueron los personajes que dieron vida a ese barrio durante los primeros 50 años del siglo pasado, entre ellos destaca “Carta Brava II”, cuyo nombre de él y su antecesor se pierden en la historia, pero que se distinguían por su buen vestir, modales refinados y, sobre todo, por ser el controlador de lo que en ese tiempo se llamó “La cofradía del tacón dorado”.

Vestido siempre de negro, fino casimir, gazne blanco cuando no portaba corbata, camisa de seda y zapatos de charol, sombrero Cashmere de 19 pesos, cuya bebida favorita, según trascendió, era el ron Colombo, con su chester aparte, adicionado a los cigarros Brittish Club, del cual su costo en esos tiempos era de 85 centavos.

Su cabaret favorito era el “Trianon palace,” muy cercano al hotel y Arena Coliseo, a donde después de bailar se llevaba a alguna de las chicas de “tacón dorado”, a donde obviamente ella pagaba los 5 pesos “por noche”. Al igual que su antecesor Carta Brava I, la figura de este personaje se diluyó en el tiempo.

Otro de los personajes que se diluyeron en la historia y que marcaron una época fue la llamada “Fantasma del correo”, una vieja vendedora de caricias que vivía en el barrio de Garibaldi; salía por las noches con la cara empolvada de blanco para disimular el paso del tiempo a su sitio de trabajo: el Correo Mayor.

Son muchas las leyendas que circulan en torno a este personaje, una de ellas la señala con el nombre de Carmen Mondragón, nacida en 1893, hija del general porfirista Manuel Mondragón, inventor del “fusil Mondragón” y de otros cañones y armas, miembro de la aristocracia mexicana de fin de siglo.

Mujer de vida agitada y extrema belleza, dicen que acabó mal. Se decía que era “fantasma del Correo Mayor”. Su belleza se había acabado, se prostituía en dicho lugar con la cara embadurnada de blanco. Se dice que sólo hablaba con los gatos, que se sentaba en la Alameda y los alimentaba con trozos de carne, fue la burla de muchos estudiantes y maloras de ese tiempo y, un día, simplemente ya no apareció.

El hombre de papel, si existió

El actor Ignacio López Tarso filmó en 1963 “El hombre de papel”, la historia de un pepenador que se encuentra un billete de lotería, y a raíz de eso inicia una serie de vicisitudes, ya que todos lo quieren estafar, pero el nombre de la película se basó en un hecho real.

Sí era un pepenador que vivía en Santa María la Redonda 22. Este hombre misterioso salía a trabajar de madrugada siempre con la misma ropa; luego, a muy temprana hora, se encerraba en su cuarto, a donde una señora le llevaba sus alimentos, hasta que un día la señora dio aviso a la policía de que lo encontró muerto.

Dos policías se quedaron de guardia con el cadáver hasta que llegara el Ministerio Público para dar fe, pero arribó hasta el día siguiente; en la noche, ellos tomaron y fumaron, y uno, al tambalearse, arrancó un papel de china que tapizaba la pared, y cuál sería su sorpresa que la pared estaba retapizada con billetes de mil pesos que, obviamente, no se supo en manos de quién quedaron.

Pero qué decir de Emilio Tuero, el llamado “Barítono de Argel”, que hacía mancuerna con Ramón “El bello” Berúmen, que después fue réferi de lucha libre en el arte de conquistar damas de todo tipo en dicha zona, sobre todo las que salían del “Teatro Margo”, hoy Blanquita, en un gran carro convertible.

Fue la época de apogeo de los cafés de chinos aledaños a la zona, en donde se podía encontrar sin mayores preámbulos a Manuel Medel y su esposa Rosita Fornés, gran bailarina; al viejo maestro de periodismo Severo Mirón, a “Resortes”, a María Victoria, al “Bate” López Méndez, y a las tiples de los teatros y de las carpas del rumbo.

Y del transporte qué decir, no había sitios, pero los autos de alquiler Ford, de a tostón la dejada, conocidos como “Fotingos tostoneros”, estaban siempre alerta afuera de los teatros, cantinas y cabarets para trasladar a los parroquianos; y qué decir de los viejos tranvías, que hasta media noche trabajaban para llevar a la gente que no tenía para el taxi, y utilizaban sus viejas planillas semanales cuando se les acababa el efectivo.

Pero todo se acaba, la modernización transformó y acabó con un barrio emblemático de la ciudad; se acabó el Piagalle, “La canción”, el cine Odeon, el Follies Bergere, portal en donde vivía el “hombre de papel”, y el “Barco de plata” se está derrumbando y sólo queda su historia.

¿Y la Sonora Santanera, apá?

De la Sonora Santanera se podrían escribir un millón de historias de sus orígenes, sus primeros ensayos allá en la calle de Peñoles, en la colonia “Valle Gómez”, de la gran amistad de Carlos Colorado y Andrés, los verdaderos fundadores, de la sorpresa que les causó grabar la “La boa”, y que el mismo día estaba ya en el radio, pero sólo haremos una reflexión:

La Sonora Santanera “se enfrentó al destino, y el destino le ganó”, hoy se oyen otras voces que “son fruto de otro huerto”, la gente siente “congoja”, pero dicen “Ya te conocí” y “De qué manera te olvido”. Total, “Saca la botella”, recordemos “Palabras de mujer” y echemos un “Cara o cruz” teniendo siempre en cuenta que “Dios sí perdona, el tiempo no”.

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