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Las calles no tienen dueño

Las calles no tienen dueño
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Arturo Páramo

No existe una Constitución, Ley, Reglamento, Código o Bando de gobierno que impida que un grupo de ciudadanos salga a las calles a manifestar su opinión respecto de algún tema. La única restricción para efectuar una manifestación pública sería el premeditado ejercicio de la violencia.

Un grupo de organizaciones civiles anunciaron que el próximo domingo realizarán una protesta por el uso de la consulta ciudadana de hace dos semanas para convalidar la decisión de cancelar la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de Texcoco.

Apenas.

Entre las organizadoras visibles de la manifestación está Laura Elena Herrejón, quien también encabezó la organización de las manifestaciones en contra de la inseguridad encabezadas por Iluminemos México hace 10 años; y Alto al Secuestro, organización encabezada por Isabel Miranda de Wallace.

Desde que se anunció la manifestación, en redes sociales hubo una respuesta contrastante entre quienes apoyan la marcha que irá del Ángel de la Independencia al Zócalo, y quienes rechazan esa manifestación y señalan que el motivo de la misma es cuestionable e incluso ridículo.

La polémica no surgió por generación espontánea. Desde que estaba al frente del Gobierno de la Ciudad, Andrés Manuel López Obrador se convirtió en el personaje público más cuestionado de la historia moderna de este país. Sus comparecencias matutinas durante cinco años, sus tres campañas presidenciales y sus innumerables giras por todo el país lo han convertido en el político más sometido al escrutinio de los medios de comunicación y han sido también la más útil herramienta para alcanzar la Presidencia de la República.

Es de esperarse que tras 20 años consecutivos de campaña proselitista y con mayor ahínco ahora que obtuvo la presidencia, los mismos medios (hablo de los periodistas que salen todos los días a reseñar las actividades del futuro presidente) refuercen su mas esencial tarea: cuestionar.

Obrador también rechazó abiertamente las masivas manifestaciones realizadas durante su periodo como Jefe de Gobierno en las que exigía seguridad en las calles de la ciudad y calificó a quienes se manifestaron con el hoy ya famoso: “Fifís”.

Por ello no extraña la actual virulencia de sus seguidores que no aceptan el desacuerdo con su concepción de la política, o con la toma de decisiones del tabasqueño.

Una vez ganada la elección presidencial, hay señales de que aquellos que salieron a votar por la llamada Cuarta Transformación de México no aceptan, no reconocen y no desean que haya voces discordantes.

La victoria electoral no es un cheque en blanco para definir quién tiene posibilidades de manifestarse en las calles o no. La victoria no es una declaratoria de pensamiento único en el país y tampoco es una vara que mida la calidad moral de quiénes pueden o no manifestar libremente sus ideas en las calles.

Lejos de la concordia que se anunció en el recordado discurso de la noche del 1 de julio, o del reiterado llamado al respeto de la libertad de expresión recalcado por el propio López Obrador en un video publicado el mediodía del lunes, las señales van en sentido contrario.

Los seguidores del presidente electo siguen acentuando el discurso de resentimiento y de descalificaciones hacia sus adversarios, revelan un severo rechazo hacia la portada de una revista o contra una manifestación que cumple con todas las condiciones legales para realizarse; en tanto que los detractores del futuro presidente agudizan su postura de rechazo, de odio, y por momentos clasista e intolerante.

No estamos generando comunidad, no existe respeto por las ideas del otro. Quienes votaron por el tabasqueño exigen el silencio de la otra mitad que no votó por él. Quienes no votaron por él exacerban el resentimiento de la derrota. Ninguna de las dos posturas abona a la democracia.

Las calles, sin embargo, deben seguir siendo el espacio democrático por excelencia, de libre expresión de las ideas. Fue un derecho que costó sangre y eso hay que honrarlo, aunque duela y aunque se esté en desacuerdo.

Ninguno es dueño de la calle ni tiene el monopolio de las consignas.

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