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Lluvias de amparos y rivales

Lluvias de amparos y rivales
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Arturo Páramo

Tras el desgaste que significó la gira que inició desde el 1 de enero por todo el país, el presidente Andrés Manuel López Obrador cambia de rumbo y vira hacia un contacto menos abierto con la población.

Los llamados “diálogos con el personal” del hospitales rurales tienen un formato distinto al de los mítines que el presidente realizó desde el momento en que tomó posesión del cargo.

Ya no son los mítines con miles de asistentes que lo mismo vitoreaban al presidente que abucheaban al gobernador en turno, o arremetían contra el alcalde del sitio donde se desarrollaba la asamblea.

No faltaron aquellos en que los gobernadores envalentonados organizaban abucheos contra el propio presidente.

Más reciente era la respuesta de la organización Antorcha Campesina que a lo largo del último mes se apersonaban en los mítines para reclamar al presidente que los tomara como ejemplo de corrupción y desvío de recursos que el gobierno entregaba para que fueran repartidos entre la población.

Incluso orillaron al presidente a cambiar su discurso y no referirse a la inexistente “antorcha mundial” y en alguna ocasión en Veracruz la gritería llevó al presidente a abreviar a sólo 16 minutos su mensaje, algo inaudito.

Los mítines se convirtieron en un despliegue semejante a una campaña electoral que se realizaba de viernes a domingo. Ahora el espacio dentro de cada hospital que se visita es considerablemente menor y por ser inmuebles cerrados se presta para tener mejor control del acceso, serán más relajados y ya no se verá la catarsis que genera la muchedumbre.

Los viajes de fin de semana del presidente serán más cansados (este fin de semana la comitiva presidencial recorrió cerca de mil kilómetros por carreteras en mal estado) porque se trata de llegar a los lugares más apartados del país, ya no recorrerá las vallas saludando gente durante varios minutos, por lo que ahora sus posicionamientos serán más políticos, arremeterá en sus discursos y en sus ruedas de prensa contra los que califica de adversarios, serán tiros más precisos y con menos margen de error.

El presidente entendió que el ritmo que estaba imprimiendo a su gobierno era insostenible, sometía a los gobernadores al rechazo abierto de la plaza pública, y exhibía y restaba poder a los alcaldes.

Pero también el propio presidente se sometió a un desgaste que le valió perder cerca de 20 puntos de popularidad.

Desde la pasada semana se sometió a un desgaste innecesario con la protesta de elementos de la Policía Federal, quienes son vistos con desprecio por el propio titular del Ejecutivo y, de poder, no los dejaría ingresar a la nueva Guardia Nacional.

Siete meses tardó el gobierno en concretar la Guardia Nacional y en ese lapso se olvidó que había que dar opciones a los policías federales para seguir formando parte del Estado y evitar que eventualmente se sumaran a las filas de las bandas de crimen organizado.

El presidente necesita motivos y personajes contra quienes enfilar sus baterías en una nueva lucha.

La Policía Federal es uno de ellos.

Orto que se mantenía al margen de la discusión nacional era el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), agazapado en las regiones del Soconusco, en Los Altos y en la Lacandona chiapanecas. Ahí, lejos de todos, siguen siendo un obstáculo para el presidente y su proyecto de Tren Maya. Esta incursión en terreno zapatista llamó la atención por ser el primer presidente en funciones que llega a esa zona, pero también porque López Obrador está harto de lo que llama “lluvias de amparos” contra el Tren Maya, y de la oposición del EZLN contra su proyecto insignia.

Otro enemigo a la vista son las organizaciones sociales, de la sociedad civil que ya generaron una “lluvia de amparos” como llama el propio presidente a los recursos legales contra los proyectos del Aeropuerto de Santa Lucía, y de la Refinería de Dos Bocas.

El ímpetu, la prisa, la urgencia por acelerar la llamada Cuarta Transformación es también un crisol que genera rivales, muchos de ellos llegan, además, con reivindicaciones sociales o con la ley en la mano, y esos son los más duros de combatir.

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