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POLÍGRAFO POLÍTICO / El ocaso de un sol

POLÍGRAFO POLÍTICO / El ocaso de un sol
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Carla María Petrella

Esta última semana el PRD recibió dos golpes que, en el ámbito político, son claros síntomas de agonía. Primero, la salida de nueve diputados federales, entre los que se encuentra quien fuera el operador político del último jefe de gobierno. Después, el conflicto con Raúl Flores y la manera como se procesó el cambio de dirigencia del partido en la ciudad de México.

A los ojos de propios y extraños, el PRD vive sus últimos días de vida. A más tardar llegará a junio, dicen algunos, pues además de la falta de un caudillo que los guíe, enfrenta innumerables deudas, inmuebles embargados, multas que pagar a las autoridades electorales, traiciones, disputas por el control, pero ante todo la falta de militancia y recursos, dos cosas sin las que ningún partido puede sobrevivir.

A nivel nacional, la dirigencia colectiva del PRD tiene entre sus filas a jóvenes que están buscando transformar el modelo de un partido de masas a uno de cuadros, idea que suena bien pero que enfrenta el reto de aterrizar en una organización que nació y fue originalmente estructurada justo a partir de las masas.

A esa joven dirigencia mucho se le ha descalificado y quizá una de las principales debilidades que se le mira es la falta de una personalidad o líder carismático que aglutine en torno suyo el interés de rescatar a ese partido, pues aun cuando los cinco integrantes de ese grupo tienen experiencia y años de militar en el PRD  deberán ser capaces de hacer milagros para poner un alto a la cascada de renuncias y ante todo para cambiar los mecanismos de hacer política.

El PRD tuvo como bastión principal la ciudad de México, donde se manifestaron todas las virtudes de sus gobiernos y sus líderes, pero también todas las debilidades y los escándalos más grandes que lo fueron debilitando. Así, en los años dorados del perredismo cualquiera podía ser diputado, alcalde o funcionario; bastaba con tener méritos territoriales, ser familiar o tener vínculo personal con los grandes dirigentes.

Lo anterior, aunado al hartazgo de la gente hacia el priismo, ayudó a que el PRD pudiera mantener el poder y el gobierno durante más de 20 años. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos no militantes llegaron a cargos de dirección y fueron modificando la forma de mantener y cuidar a clientelas y población en general.

Hoy la dirigencia que trata de salvar lo que queda del PRD debe enfrentar la salida de los pocos cuadros que consiguieron obtener una legislatura o alcaldía bajo sus siglas, además de una fuerte oposición interna, misma que sirvió como pretexto a muchos que tenían un pie fuera para renunciar.

La estrategia de moverse de las masas a los cuadros responde en buena medida a esto último, pero otra razón por la que implementarla no será una  tarea fácil es que precisamente uno de los trabajos que no se hicieron en el PRD fue la formación de cuadros verdaderamente políticos y pensantes, en lugar de lo cual se privilegió el linaje familiar o personal, aspecto que también debilitó al partido que nació a partir de la fusión de un grupo de priistas con otro militantes de la izquierda.

En las próximas semanas veremos si dicha estrategia funciona o, como todos dicen, el PRD morirá este año. Pase lo que pase,  todo esto es un buen ejemplo de lo que ocurre cuando el poder y la ambición corrompen a los dirigentes, algo que los partidos de masas deberían observar, analizar y evitar, porque así como hoy el PRD está a punto de morir, otros institutos políticos pueden sufrir dentro de algunos años, cuando el esplendor se vaya y el ocaso comience a dibujarse.

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