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LA MANO QUE MECE LA CUNA/ Un fantasma en El Zócalo

LA MANO QUE MECE LA CUNA/ Un fantasma en El Zócalo
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Adrián Rueda

El antiguo Palacio del Ayuntamiento, que hasta hace unos meses era un centro de poder en la CDMX, luce hoy gris, apagado, donde hay ganas de hacer nada que no sea esperar a que el tiempo corra y se acabe la actual administración.

Mientras ese momento llega, en los pasillos y oficinas de ese palacio merodea un fantasma al que pocos hacen caso; que ni siquiera infunde miedo porque él mismo teme a lo que le es- pera cada día.

José Ramón Amieva, con el cargo formal de jefe de Gobierno pero sin la autoridad moral para ejercerlo, se entregó antes de tiempo y con ello puso el clavo en el ataúd de su partido y el de sus ex jefes, que perdieron la pieza clave de su ajedrez.

Aunque mucha gente lo ve a diario, nadie siente su presencia; es un hombre que renunció al poder antes de tomarlo y que entró en pánico cuando Morena ganó.

Desde el día siguiente a las elecciones, cuando Claudia Sheinbaum ganó la CDXM y los candidatos de Morena arrasaron con las diputaciones y la mayoría de las alcaldías, Amieva enterró la cabeza como avestruz.

Con la mirada buscando al suelo, evitando a todo el que le pueda incomodar, el aún Jefe de Gobierno transita rumbo al cinco de diciembre próximo, cuando la llegada de Sheinbaum terminará con su martirio.

Ahora se entiende por qué Amieva no llamaba jefe a Miguel Ángel Mancera, sino patrón. Su personalidad agachona, retraída y temerosa deja ver que no se siente cómodo al mando; necesita de alguien que le dé órdenes.

Qué razón tenían Los Chuchos, cuando en los últimos días del año pasado, en una reunión realizada en Chiapas, le exigían a Mancera que no dejara como sustituto en el Gobierno de la CDMX a José Ramón.

De las cartas que se manejaban para sucederlo en el cargo, pues estaba decidido que iba a lanzarse como candidato a senador, a Jesús Zambrano y Jesús Ortega quien menos les hacía ruido era Manuel Granados, otro de los cercanos al Jefe de Gobierno.

El tema salió en la plática durante un café y probablemente Mancera pensó que el mismo Manuel se andaba promoviendo. Prometió pensar el asunto, pero ya se había decidido por Amieva.

Las dudas sobre el elegido eran que estaba más identificado con las causas de Morena que con las del PRD. Que no era confiable ni tenía el carácter para enfrentar la embestida pejista que arremetería con todo por el Gobierno de la CDMX.

A final de cuentas se impuso Mancera y envió a la ALDF el nombre de quien había sido su primer Consejero Jurídico; su secretario de Desarrollo Social y más tarde su secretario de Gobierno, para que fuera ratificado como sustituto.

La propuesta fue recibida en Donceles pero ahí fue atorada, cosa extraña, y no por la oposición, sino por el PRD, que se supone era el partido más interesado en sacar el tema.

Por el lado del PAN, del PRI y hasta de Morena, a través de su entonces vicecoordinador, José Alfonso Suárez del Real, mandaron el mensaje de que si era Amieva no tendrían problema en apoyarlo.

Los morenos iban con él porque lo veían como alguien inofensivo y absolutamente manejable; PAN y PRI porque aspiraban a que les salpicara algo a través de programas sociales para sus campañas.

Si todo estaba listo y no había ningún obstáculo para que el pleno de la ALDF lo ungiera como el nuevo Jefe de Gobierno de la CDXM, ¿por qué entonces al interior del PRD existían tantas dudas?

Porque las señales de Amieva eran que no se iba a meter en broncas con Morena ni los iba a enfrentar en el territorio. Y no porque no pudiera usar los recursos del poderoso aparato gubernamental, sino por la traición y el miedo.

Todo mundo sabía que uno de los primeros jefes que José Ramón tuvo en la política fue Alejandro Encinas, quien de haber sido líder del Congreso Constituyente de la CDXM apoyado por Mancera, se había pasado a las filas enemigas de Morena.

Y efectivamente, durante la campaña los líderes territoriales se empezaron a quejar del nulo apoyo que recibían del Gobierno de la CDMX, que a ellos les cerró la llave pero con los morenos se portaba muy condescendiente.

Los caciques territoriales tuvieron que enfrentar el huracán llamado Andrés Manuel López Obrador, que ni con todo el dinero del mundo hubieran podido parar. De esa derrota no se puede no culpar a Amieva, pero sí de su entrega a anticipada a Morena.

Aún no habían hecho oficial la victoria de Sheinbaum y el sustituto ya estaba poniéndose a sus pies para lo que se le ofreciera.

No sólo aceptó armar de inmediato las Mesas de la Transición, cuando faltaba casi medio año para terminar su administración, sino que ordenó a todos sus colaboradores ponerse a las órdenes de los futuros gobernantes.

Sin nombramiento alguno ni documento, los enviados de Claudia exigían información de todas las dependencias, como si fueran auditores. La orden era dárselas, pero no todos acataron; unos prefirieron renunciar antes que servir a quienes antes fueron sus chalanes y hoy quieren ser patrones.

Con su bajón de pantalones, Amieva quedó en un estado de debilidad que le restó respeto ante todos, pues ni actuó como opositor ante los ganadores, ni fue aliado de quienes le llevaron al cargo.

Su agenda pública se convirtió en un relleno para los medios y en algo sin el menor interés para los ciudadanos, que no ven la hora en que oficialmente se vaya para que llegue alguien a gobernar.

A todo lo que Claudia le pidió dijo que sí, y lo que inició como una Mesa de Transición terminó en una de entrega-recepción anticipada, para que los futuros funcionarios tomaran de- cisiones de Gobierno, pero sin responsabilidad alguna, pues aún no asumen.

La mesas se instalaron y se calendarizaron por órdenes de Sheinbaum y no por la decisión de Amieva, que fue rebasado no sólo por los morenos, sino por su propio equipo, que se niega a hacerle caso.

El propio Jefe de Gobierno no se atrevió a hablar ante los diputados para presentar el último Informe del Gobierno que le tocó cerrar, por el pavor de que lo fueran a humillar en Donceles.

Desde un inicio fue agachón y a su salida lo será igual; así lo recordarán en la ciudad… claro, si es que alguien lo recuerda algún día.

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