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Efemérides y declaraciones

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Por Fulvio Vaglio

Donald Trump nos madrugó. Lo había anunciado en su campaña, el año pasado, pero antes de él lo habían hecho Clinton, Bush jr. y Obama sin darle luego seguimiento, así que nadie se preocupó de sobremanera. Si acaso, nos esperábamos que hiciera algo parecido el próximo año: quizás el 14 de mayo, cuando Israel festejaría el 70 aniversario de su declaración de independencia; o el 11 de diciembre, para poner el último clavo en al ataúd de la Resolución 194 de la ONU; parecía menos probable que eligiera el 17 septiembre, aniversario del asesinato de Folke Bernadotte, mediador de la ONU en la guerra árabe-israelí.

Pero Trump anunció el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel este 6 de diciembre. Más o menos, coincide con otro septuagésimo aniversario: el 29 de noviembre de 1947, la ONU adoptó la primera de al menos 405 resoluciones sobre Israel y mundo árabe (180 de la Asamblea General y 225 del Consejo de Seguridad, pero la lista parece ser incompleta). Dicho sea de paso, esa resolución 181 recomendaba la separación de Palestina en dos estados y el otorgamiento a Jerusalén del estatus de “ciudad abierta”, independiente de ambas partes en conflicto: es decir, el opuesto de lo declarado por Trump este miércoles.

En Estados Unidos, los pronunciamientos en favor de Trump no han venido sólo de las asociaciones judías (como era de esperarse), sino también de las iglesias evangelistas, que han visto en la recrudescencia del conflicto árabe-israelí una señal del Armagedón próximo; en cuanto a los estudiosos del judaísmo místico, no ha faltado quién señalara que precisamente este 2017 sería la culminación perfecta del plan divino para la liberación definitiva del pueblo elegido.

Como prueba material del reconocimiento, Trump ha anunciado que la embajada norteamericana en Israel se moverá de Tel Aviv a Jerusalén. Su Secretario de Estado luego le ha quitado un poco de calor a la situación, previendo que la reubicación de la embajada norteamericana “no se dará este año”. Por razones que quedarán como un misterio por resolver en los anales diplomáticos, la República Checa ha declarado que le gustaría hacer lo mismo; menos oscuras son las motivaciones de Filipinas en ese mismo sentido, ya que se está enfrentando a la migración de ISIS al Oriente Lejano.

Las reacciones internacionales no se han hecho esperar: el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, expresó inmediatamente su beneplácito; su ministro de asuntos exteriores ha declarado que Jerusalén espera darle la bienvenida oficial a los diplomáticos norteamericanos cuando éstos quieran y dispongan. En cambio, los representantes de las iglesias cristianas (ortodoxa y católica) en Jerusalén han declarado prudentemente que el Lugar Santo “puede ser compartido”, lo que se puede interpretar casi como Dios le dé a entender a cada quien.

El frente árabe (para llamarlo de manera abreviada y general) ha considerado ese reconocimiento como un paso hacia la desestabilización de Medio Oriente y como la confirmación de que Trump ha dejado de ser un mediador confiable: pese a declaraciones ideológicas patéticamente optimistas (“la decisión de Trump nos ha unificado cuando más divididos estábamos”), la realidad es que los países árabes no tomarán acciones directas pues necesitan el apoyo de Estados Unidos (al menos algunos de ellos).

Los palestinos en Israel se han movilizado desde el anuncio del miércoles: ya se cuentan las primeras víctimas y han recrudecido los ataques suicidas con armas blancas a blancos militares; por su lado, el Ministro de Defensa israelí ha aprovechado la oportunidad para vocear la posición (un poco errática en términos de derecho internacional) de los “halcones”, afirmando que los palestinos de Jerusalén son “oficialmente ciudadanos israelíes”, pero “no pertenecen aquí entre nosotros”, y ha llamado a boicotear tiendas y mercados palestinos.

Las principales potencias, dentro y fuera de la Unión Europea, han lamentado la decisión de Trump: Francia, Italia, Suecia y Gran Bretaña, junto con otros cuatro países, han pedido una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU para esta semana. China y Japón, cada uno por su cuenta, han cancelado las visitas de sus consejeros tecnológicos a Israel. El Papa se ha dicho “preocupado”. Merkel tuiteó que “el status de Jerusalén es inseparable de “una sola capital para dos estados” (a lo que un funcionario israelí ha intentado responder en broma, comentado que “uno no puede compartir a su esposa”). Macron, más indirecto pero igual de tajante, ha planteado que “serán los israelí y los árabes quienes harán la paz” (en otras palabras, cállese señor Trump). Por su lado, Theresa May ha reiterado que la embajada de Gran Bretaña en Israel tiene, y seguirá teniendo, su sede en Tel Aviv: Trump reviró con otro de sus exabruptos cibernéticos y la tensión ha escalado hasta poner en riesgo la prevista visita de estado de Trump a Londres.

Los comentaristas norteamericanos liberales, en su mayoría, han subrayado la intempestividad de la declaración presidencial (Fareed Zakaria de CNN ha definido la decisión de Trump “no estratégica” y “una bofetada a los palestinos”) y la han relacionado la movida de Trump con la necesidad de crear una cortina de humo para desviar la atención pública de las responsabilidades de Donaldito jr. en las negociaciones pre-electorales con Moscú, y de los escándalos de acoso sexual que últimamente se han desplazado de la farándula de Hollywood a la de Washington, amenazando con atizar otra vez las ascuas de los Hollywood tapes.

Además, las encuestas señalan una nueva caída en el nivel de aprobación del desempeño presidencial de Trump: ayer estaba en 32 por ciento según CNN, y en 35-39 por ciento según otras agencias, pese a que el desempleo sigue disminuyendo y el Congreso parece decidido a aprobar al vapor la reforma fiscal; Wall Street continúa siendo un indicador nervioso e hipersensible de la confianza empresarial en el presidente norteamericano: el viernes tuvo una sacudida, que el equipo de Trump se apresuró a endilgar a una pifia mediática de ABC News y su comentarista Brian Ross.

Pero el presidente norteamericano no es el único al que le vendría bien una cortina de humo: mientras Trump desempolvaba la retórica sobre Jerusalén “eterna capital” de Israel, manifestantes judíos recorrían las calles de Tel Aviv pidiendo la renuncia de Netanyahu por los escándalos de corrupción en los que se ha visto involucrado. No puedo cuantificar la dimensión de esas demostraciones: fuentes filo-árabes en Israel hablan de “decenas de miles”; pero a nadie se le escapa la importancia del espaldarazo de Trump a Netanyahu: provocación a los palestinos, reacción violenta de éstos, declaraciones “pasivo-agresivas” de los halcones en Tel Aviv, tregua de las acusaciones antigubernamentales. No sé quiénes sean, en la tele israelí, los equivalentes de Sean Hannity, Tucker Carlson y Laura Ingraham: pero seguro debe haber y tienen la mesa puesta.

Sin embargo, la hipótesis de la cortina de humo, aunque no es de descartar como un factor colateral, no es del todo convincente como explicación principal de la decisión de Trump. Quizás por miedo a ser considerados “políticamente incorrectos” (léase, en este caso, antisemitas), los medios liberales de Estados Unidos han evitado señalar las longevas asociaciones de negocios de la familia presidencial con la comunidad judía internacional y con Israel: red en el centro de la cual se encuentra, desde hace una década, el “yerno cómodo”, Jared Kushner.

No estoy desempolvando las fórmulas rancias de la conspiración plutocrática judaica internacional (eso se lo dejo con gusto a los nostálgicos neonazis). Simplemente, no me estoy tapando los ojos frente a la realidad. La pregunta es: ¿qué tipo de mediación está, o estuvo, haciendo la familia presidencial norteamericana entre Israel y mundo árabe?

La mirada del público está ahora sobre la reacción de los palestinos, de Hamás y de Hezbollah, pero el “mundo árabe” es más amplio y diferenciado: incluye desde los miembros la OPEC (Arabia Saudita, Emiratos, Qatar, Kuwait, Yemen, todos con sus problemas internos e internacionales) a los estados musulmanes en distintas etapas de disolución y/o reconstitución (Siria, Jordania, Iraq e Irán), a los que están un poco más alejados del conflicto por no ser productores importantes de petróleo, pero que tienen importancia estratégica de distinta índole (Libia, Egipto, Líbano y Turquía); sin olvidar el noroeste del África mediterránea y los ex estados soviéticos del área caucásica. ¿Quiénes cuentan más en el tablero de ajedrez de la familia presidencial (y de Estados Unidos, asumiendo que aún sean lo mismo)?

Los analistas señalan que la función mediadora de Kushner (“oficialmente extraoficial”) es ahora mucho más difícil, y ya ha habido la primera víctima de la tensión interna en la Casa Blanca: Dina Powell, Vicedirectora del Consejo de Seguridad Nacional para el Medio Oriente, acaba de renunciar a su puesto. ¿No habrá sido, la decisión de Trump, una manera de zafarse de una situación incómoda y, más y más claramente, sin salida? ¿De decirles al mundo árabe (el importante, el del petróleo, de la lana y de la OTAN, no el de los lumpen palestinos desterrados, amargados y terroristas) “no cuenten conmigo para esta rencilla; aquí estoy, llámenme cuando quieran hablar de algo más serio”?

Este artículo debía, en mis intenciones originales, recorrer el trayecto que había llevado a Truman a reconocer el Estado de Israel en 1948 y la evolución de la posición de Estados Unidos (y de la ONU) desde entonces. Los hechos de estos últimos días me han rebasado y tendré que dejar ese proyecto para otro artículo. Desde el primero de enero de este año, el portugués António Gutierres es Secretario General de la ONU y ya se ha deslindado de la decisión de Trump: no estaría mal un recorrido por la relación entre el gobierno estadounidense y la ONU: quizás empezando precisamente por ese 27 septiembre de 1948, cuando el guardaespaldas de Ben Gurión asesinó al mediador sueco de la ONU.

* Semiólogo, analista político, historiador y escritor.

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