La contradicción de asumir el poder

 

13 de septiembre de 2018

Martín De J. Takagui

Cuando Andrés López Obrador no estaba convencido, como muchos mexicanos, de que podía ganar la Presidencia de la República, tampoco pensó que tendría que comerse sus propias palabras o asumirse como un gran ladrón o como un político poco nacionalista.

En agosto y septiembre de 2013 se observaba el proceso legislativo para la reforma constitucional a los artículos 27 y 28, a fin de permitir la inversión de particulares y de empresas extranjeras en actividades de la industria petrolera, ya fuera en asociación o en concesión.

Previendo que el Pacto Por México le rendía frutos a la administración del presidente Enrique Peña Nieto, y tanto el PAN como el PRD avanzaban de la mano del PRI en la firma de acuerdos para impulsar las llamadas reformas transformadoras, López Obrador convocó a una serie de acciones para frenar las reformas constitucionales en la materia.

Desde su militancia perredista, López Obrador, con un pensamiento de izquierda y en sus dos campañas presidenciales la bandera de la no privatización y la no apertura de Pemex a capitales privados, sustentó una visión opositora a los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes ya hablaban de la necesidad de reformar la ley.

Con la mira puesta en su tercer intento por alcanzar la Presidencia de la República, durante un mitin en la Ciudad de México, López Obrador convocó a realizar una serie de acciones ciudadanas tendientes a evitar la consolidación de dicha reforma.

El domingo 6 de octubre de 2013 se celebró ese acto en el que entregó volantes a los asistentes, en los que se describían las propuestas y la forma de tratar de evitar que pasara la iniciativa de Peña Nieto. Entre ellas estaban la organización de un cerco civil pacífico a la Cámara de Senadores y concentración pacífica en el Zócalo; en el caso de que se lograra la reforma en las Cámaras del Congreso de la Unión, los bloqueos se trasladarían a los congresos de los estados, a fin de evitar que la reforma pasara.

Pero algo inesperado sucedió: López Obrador sufrió un infarto al miocardio, se sintió mal y por su propio pie, según relata la nota publicada en Excélsior el 4 de diciembre, entró al hospital Médica Sur, en donde fue atendido.

No se volvió a hablar del tema, sino hasta cuatro días después, cuando se dijo que López Obrador había salido del hospital el 7 de diciembre, pero que debía guardar reposo, debía ceñirse a las recomendaciones de los médicos para cuidar su corazón.

Pasaron meses, las protestas no pudieron realizarse, no hubo quién las encabezara, todos estaban atentos a la salud del líder; la reforma energética se consolidó, se aprobó en el Congreso de la Unión y en el Constituyente Permanente, 17 congresos estatales dieron su respaldo a la reforma constitucional.

Se cumplieron las condiciones para la realización de ese gran robo, como él lo llamó; de esas acciones contra el patriotismo, como él lo dijo, se implementó la reforma energética, se realizaron acciones para aprobar reglas de operación y se iniciaron las licitaciones. No hubo protesta alguna.

La semana pasada, Andrés Manuel López Obrador, ahora en calidad de presidente electo de México, anunció que a principios de diciembre próximo, una vez que inicie su gobierno, emitirá las convocatorias para las licitaciones sobre las perforaciones de los pozos petroleros.

Sin dar mayores detalles, aseguró que para definir esas acciones el fin de semana pasado visitó su estado natal, a fin de reunirse con quienes representan a las empresas petroleras que podrían participar en las licitaciones.

En recientes fechas, el próximo presidente de México pidió que se suspendieran licitaciones para la exploración y explotación de petróleo y gas, precisando que se aplazara la subasta hasta febrero de 2019.

Sin duda, sabe que la asignación de contratos es por cientos de millones de dólares, y seguramente tiene que revisar en calidad de Presidente de la República la forma en que se hagan las subastas o licitaciones para ver que se hagan bien.


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