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Una transformación de quinta

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Por Adrián Rueda

jadrian02@yahoo.es / opinion@elinfluyente.mx

A lo largo de su amplísima campaña por la Presidencia de la República –y también en esta etapa previa a su toma de protesta-, Andrés Manuel López Obrador no ha dejado la cantaleta de que México vive su Cuarta Transformación, y sus fieles le aplauden.

Y es que en verdad sus seguidores le creen, porque si no le veían un solo defecto como candidato, ahora como presidente electo López Obrador se ha convertido en el dios con el que soñaban para llegar al paraíso.

Aunque la realidad es que aún no empieza y ya está dando tumbos, tan sólo con los nombramientos que ha hecho sobre quiénes integrarán su futuro gabinete, donde lo que falta es, a todas luces, talento y visión de modernidad.

La foto del encuentro entre los gabinetes saliente y el entrante, producto de la última reunión entre López Obrador y el presidente Enrique Peña Nieto en Palacio Nacional, fue producto de varios memes debido a la diferencia de edades entre funcionarios.

Los pejistas, comenzando por el propio presidente electo, lucían como verdaderos ancianos, al grado de que algunos memes calificaban al grupo obradorista como los representantes del Fonógrafo del Recuerdo, contra los del Spotify.

Y no es que ser viejo sea sinónimo de tonto; al contrario, tienen la valía de haber acumulado experiencia y conocimiento, pero en este caso es evidente que se quedaron en la prehistoria, que muestran tan sólo con sus propuestas de gobierno.

Cuando el mundo vive en la globalización y todas las economías están interconectadas, ellos hablan de proteccionismo, aunque sólo sea de dientes para afuera, pues ya están empezando a notar que el mundo cambió.

Porque recién se llegó a un acuerdo por el TLC con Estados Unidos y el mismísimo López Obrador lo aplaudió, aunque ahí se decretara que –de nuevo- el campo mexicano tendrá que ser sacrificado, pues México dará entrada libre a los productos agrícolas gringos.

¿Pues qué no una de las principales promesas de Andrés Manuel fue fortalecer al campo mexicano y hacer del país paraíso del autoconsumo. Que iba a lograr toda la producción necesaria para que ya se importaran ni granos y productos agrícolas?

Si eso creyera, por qué entonces aplaude y festina que EU logró imponer una amplia ventaja competitiva entre sus productores agrícolas y los campesinos mexicanos. ¿Qué no prometió también que en cuanto llegara se acabaría el crimen y la inseguridad, y que regresaría a los soldados a sus bases?

Ya le matizó y no sólo aclaró que al menos necesitará tres años para que se empiecen a ver los resultados, sino que se equivocó al pensar que las Fuerzas Armadas podían retirarse a sus cuarteles porque la delincuencia la iba a combatir la Policía Federal.

También dijo que en su administración no habría gasolinazos; es más, que las gasolinas bajarían, pero Carlos Urzúa, el futuro secretario de Hacienda, ya aclaró que eso no ocurrirá, y que el combustible subirá conforme a la inflación y a los precios internacionales del petróleo. Todo mundo recuerda cómo cacareó que iba a cancelar el proyecto del nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, y que se mantendría el actual, apoyado por la ampliación de pistas en la base aérea de Santa Lucía.

Ahora sale conque mejor hará una consulta pública para que el pueblo decida si se hace o no el aeropuerto, aunque se trate de una decisión técnica y económica, que la inmensa mayoría de los mexicanos desconoce.

Es un hecho que la obra va para adelante, lo que pasa es que López Obrador tiene que justificar la falta de cumplimiento a esa promesa, argumentando que luego de la consulta, “el pueblo” decidió que se hiciera y él obedece el mandato popular.

Parece que ya se está dando cuenta que no es lo mismo ser candidato y andar de hablantín, que ser el futuro presidente y tener la responsabilidad de un país sobre sus hombros.

López Obrador se está dando de topes ante su ignorancia o mala asesoría en temas torales, que para nada son fáciles de solucionar y, lo peor, que la mayoría de las políticas públicas que aplica el actual gobierno y que tanto fustigó, son las adecuadas.

En lo único que tiene oportunidad de cumplir, y eso si es capaz de cortarle las uñas a la bola de pillos que está llevando a su administración, es en el combate a la corrupción y al dispendio, donde evidentemente hay un abuso.

Ahí sí habría que darle un aplauso si cumple.

En lo demás nadie debe esperar muchos cambios y, por ejemplo, regresando a su gabinete, hay personajes como Javier Jiménez Espriú, propuesto para la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, que cuenta con 81 años.

Tan sólo hay que pensar que para cuando termine el sexenio tendrá 87 y quién sabe qué tan lúcido puede estar. Más aún, a esa edad ya no se tiene la energía para andar por todo el país y dormirse de madrugada y estar de pie al amanecer. Así como López Obrador se inclinó por la veteranía en su primer círculo, trató de compensarlo yéndose al extremo con el nombramiento de Luisa María Alcalde como secretaria del Trabajo.

Hace poco la joven presumió en sus redes que acababa de cumplir 31 años. Ese no es el problema, la cosa es que carece de la experiencia para un cargo tan importante, pues su único antecedente es haber sido diputada plurinominal por el PRD, a propuesta de López Obrador. Luisa María es hija de Bertha Luján, quien fue la Contralora de Andrés Manuel en sus épocas de jefe de Gobierno del DF, y su padre es un experimentado abogado laboral. Sólo que vayan a ser sus asesores.

Fuera de algunos cuadros que combinan experiencia y algo de juventud, como Marcelo Ebrard y Esteban Moctezuma, por ejemplo, el gabinete con el que El Peje promete llevar a cabo la Cuarta Transformación del país está más que endeble para una misión así. Lo más probable es que la prometida Cuarta Transformación termine en una transformación de quinta, porque nomás no se ve por dónde.

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